Nathaly está en plena mudanza. Carga y descarga cajas. De repente, una de ellas se desfonda y, junto con todo el contenido, un pesado adorno le cae en el pie. Luego de un interminable minuto de dolor nota la magnitud de la herida y se pone nerviosa. Un corte profundo atraviesa horizontalmente su pie, la uña del dedo pulgar ya no está sujeta y la sangre es abundante.
“¡Llévenme al hospital!”, grita histérica. El dispensario del IESS está a unas pocas calles, hasta allí la cargan sus amigos.
Desde el primer momento el lugar ya no inspiraba buenas vibras. En la sala de espera, ocho personas esperaban ser atendidas. “¿Hay que coger turno?”, fue la primera pregunta al ingresar. Una señora que llevaba el brazo completamente vendado fue la única que contestó: “Ahí tiene que sacar, pero el señor que los entrega se fue hace rato, aún no vuelve”.
Después de cinco minutos, la desesperación hizo que Nathaly se abalanzara contra la puerta de la sala de emergencia. La tela blanca que cubría la herida empezaba nuevamente a gotear sangre. Adentro, los doctores y enfermeros conversaban tranquilos, uno jugaba Candy Crush en el teléfono.
“Hay ocho personas esperando que las atiendan”, gritó con indignación. En ese momento, el encargado de entregar los turnos -de mala gana- volvió a su puesto. Por lograr que el hombre retomara su trabajo, consideraron a Nathaly primera en la fila e inmediatamente la atendieron: “Cédula, por favor”, pidió otro hombre, quien tecleaba y tecleaba, revisaba el sistema hasta que finalmente dio su veredicto: “Lo siento, usted no tiene seguro... no la podemos atender”.
Nathaly no entendía por qué le negaban atención médica si en caso de emergencia ninguna institución puede negarse a ello. Sin embargo, Nathaly terminó en una clínica privada. Media hora más tarde y $ 40 gastados, aunque cojeando, estaba lista para continuar con la mudanza. (I)
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