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Mariana Velasco

Vida y rutina

07 de julio de 2021 00:02

La vida es una sumatoria de rutinas. Todos teníamos las nuestras antes de la pandemia, muchas, se vieron alteradas. Casi todas, las personales y profesionales, si por completo no se interrumpieron, cambiaron de lo mundano a lo esencial.

Podemos definir la rutina como el conjunto de costumbres y hábitos personales. Cómo es lógico, son necesarios para una convivencia adecuada en sociedad. De hecho son  positivas en la vida de los niños, les confiere seguridad y tranquilidad; en la de los adultos, evita multiplicar el número de decisiones que se deben tomar como la de aquel  septuagenario que todos los días lentamente  saboreaba  un café expreso en la cafetería y que por el Covid 19  debió pedirlo en un vaso para llevar y beberlo afuera.

Hasta que llegó el confinamiento, un amigo iba al centro a ver a sus padres todos los domingos por la mañana pero tuvo que dejar de hacerlo. Los niños dejaron de asistir a la escuela y gran parte de los trabajadores no acudió a las oficinas.

Una vida rutinaria facilita la organización temporal adecuada. Gracias a los hábitos se gestiona los tiempos y el disfrute de sus beneficios. Nos acostamos, levantamos, trabajamos, entretenemos…Para algunos, las costumbres y los rituales ayudan a funcionar contra el caos del mundo y, en muchos casos, de la mente. Algunos cerebros no están hechos para estos hábitos; por eso deben esforzarse más y disciplinarse para vivir y trabajar de una manera determinada. Cuando llegó la pandemia y todo se trastocó, hay quienes se propusieron reactivarlas.

Sin duda, una vida habitual es especialmente cómoda, otros dirán aburrida. Todos los aspectos de su mundo están claros en la jornada laboral, sus relaciones familiares definidas, sus amigos decantados. Es decir, la usanza libera en determinados momentos de una gran presión. Una vida de repeticiones confiere seguridad, igual que los hace con los niños. Nada suele escapar de su control. Es necesario ser precavidos para que posibles cambios no supongan un trauma. Sería beneficioso ser conscientes de que la comodidad no es eterna pero siempre se puede rehacer los espacios de confort.

En términos generales el modus operandi se asocia a términos como eficiencia y eficacia. En un mundo bien organizado aprovecha mejor su tiempo, evita caer en el caos y permite encontrar un equilibrio personal adecuado para la mente.

La rutina también puede servir como una pauta básica de aprendizaje: lavarse las manos, usar mascarilla y mantener distanciamiento social, salva vidas y mantendremos esa disciplina que necesita de persistencia y trabajo diario por mucho más tiempo, al menos hasta que toda la población se encuentre vacunada.

Gracias a los hábitos se perfecciona un número de competencias que permiten comprobar que las connotaciones negativas que le atribuyen a’ vida rutinaria’, casi son imaginarias. Así, los usos y costumbres permiten ser previsibles. Evita errores y equivocaciones que puedan importunar.

En algún momento, por casualidad, uno empieza a darse cuenta de que cuanto más ponga límites y horarios —levantarse, comer, telefonear a horas específicas, hacer ejercicio y preparar la siguiente actividad—, no solo aumenta la sensación de control, sino también de felicidad. Al establecer practicas puede protegerse del caos.

“Te ayuda a sentir que tienes el control”, dijo en una entrevista Charles Duhigg, autor de El poder del hábito. “Te ayuda a recordar cómo hacer cosas que —quizá por un trastorno de déficit de atención e hiperactividad— olvidaría debido a la memoria a corto plazo”. En su libro, Duhigg explora la especie de ouróboro —el antiguo símbolo de una serpiente que se come su propia cola— Una rutina y luego una recompensa. No había pensado en las recompensas como parte del proceso pero son esenciales.

Tratar de mantener una rutina ya era bastante difícil cuando parecía que el mundo se iba a desmoronar; tratar de establecer hábitos nuevos sin ninguna indicación clara de lo que deparaba el futuro parecía imposible.

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