El día que no entré a México

- 15 de agosto de 2018 - 00:00

La mañana del 8 de agosto viajé de Dallas a México D.F. para presentar una investigación en el IV Encuentro del Grupo de Estudios de Legislativos de América Latina en el ITAM. El mismo día, a las 6 de la tarde, estaba en un vuelo de regreso a Dallas, una vez que la migración mexicana negó mi entrada al país. La razón: mi pasaporte estaba en “mal estado”. Es decir, las esquinas de la carátula están dobladas. Las páginas internas no tienen cortes, alteraciones, o doblez, y mi visa está en orden. Estas explicaciones no fueron suficientes para evitar ser enredado en la tortuosa y letárgica burocracia migratoria.

Un oficial de migración me regañó por mi pasaporte. Luego tuve una segunda entrevista. En el trámite me quitaron el celular y el pasaporte. Después de llenar un documento detallando mi visita a México fui llevado por un corredor hacia una sala con un escritorio y varios funcionarios almorzando. Tuve que esperar hasta el final del almuerzo para saber mi futuro migratorio. Terminaron de almorzar y quien vendría a ser el cuarto burócrata me informó que mi ingreso había sido negado. Hizo un registro de mis pertenencias, me pidió que me sacara la correa, el anillo, y los cordones de mis zapatos y me dirigiera a un cuarto aledaño. El cuarto tenía todas las propiedades e higiene de una cárcel: asientos de cemento que salían de las paredes, colchonetas amontonadas en una esquina, un baño, y ninguna ventana. La gran diferencia, una puerta con solo la mitad inferior. 

Desde la media puerta de la celda solicité al funcionario que me dejara llamar a la Embajada de Ecuador, y el funcionario aseguró que la Embajada había sido notificada. Días más tarde, cuando me contacté con la Embajada, me dijeron que nunca habían sido informados. Insistí en realizar la llamada personalmente, y el funcionario se fue “a consultar” con su superior. Nunca regresó. A cada burócrata que pasaba por la sala pedía que se me dejase hablar con la Embajada. Todos se iban “a consultar”. Después de cuatro horas, fui escoltado hacia el avión que me llevaría de regreso a Dallas. Nunca recibí un documento oficial explicando las razones por las cuales fue negado mi ingreso. En mi pasaporte tampoco hay indicios del proceso. El celular me fue devuelto de camino al avión. El pasaporte me lo devolvió el auxiliar de vuelo una vez que aterrizamos en Dallas. Esa noche dormí en la terminal de espera del aeropuerto. Un administrador me llevó a “los asientos cómodos”, me trajo una manta y una almohada.

Así es, tuve una mejor experiencia en el aeropuerto de Dallas que en el de México.  (O)