La pobreza estructural

- 11 de mayo de 2018 - 00:00

El fenómeno globalizador de la economía dio origen a la transformación económica, social y tecnológica. La competencia internacional y la industria de los intangibles favorecieron la movilidad de individuos que mejor educados pudieron visualizar las oportunidades de la modernidad, activar el conocimiento y competir a escala global. Estas nuevas realidades no han sido entendidas por países marcados ideológicamente.

El nobel de Economía Douglas North (1993) afirmó que las ideologías pueden arruinar un país y hundirlo en la miseria. North manifestó que el fracaso de los países del tercer mundo se debe a la prevalencia de ideologías estatistas que desincentivan la actividad productiva y obstaculizan la circulación del conocimiento a escala mundial.

La pobreza es un estado de situación social en la cual existen carencias materiales e inmateriales, que afectan el desarrollo del ser humano. La pobreza puede ser de origen estructural, cuando resulta imposible romper su círculo vicioso; o coyuntural, cuando es provocada por un retroceso momentáneo, que es posible superar. Curiosamente, nuestros economistas prefieren concentrarse en lo coyuntural y dejan el problema de fondo a un lado.

En Reflexiones sobre la Revolución en Francia (1790), Edmund Burke escribía que el verdadero contrato social no es el expresado por Jean-Jacques Rousseau entre el soberano y el pueblo, o la voluntad general, sino la asociación entre generaciones. Según Burke, “el Estado es una asociación no solo entre quienes viven, sino entre quienes viven, quienes han muerto y quienes han de nacer”.

“El mayor desafío que afrontan las democracias es cómo restaurar el contrato social entre generaciones”, escribió Jeffrey Sachs en El fin de la pobreza (2005). Se puede acabar con la pobreza extrema, no en la época de nuestros nietos sino en nuestro tiempo.

Para combatir la pobreza estructural debemos eliminar las políticas que provocan desigualdad intergeneracional, tales como la educación divorciada de la realidad, la excesiva deuda pública, la contaminación ambiental, la inadecuada distribución de la renta, la desregulación perversa, síntomas de instituciones débiles y de economías enfermas. Pero al mismo tiempo, tenemos que frenar la excesiva intervención estatal que asfixia a las empresas honestas, desalienta a los empresarios, promueve la competencia destructiva y mata la iniciativa emprendedora.

Este debería ser nuestro compromiso, con quienes viven, con quienes ya partieron y con quienes han de nacer. (O)

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