El “cuco”: el FMI

- 25 de noviembre de 2019 - 00:00

“Fue creado para doblegar a los países y garantizar el subdesarrollo. Dentro de su azufrada sede, el nombre de Ecuador está escrito en un muro de objetivos prioritarios. Hay un teléfono conectado a las entrañas del mismísimo imperio para recibir instrucciones. Felizmente, hemos logrado desenmascararlos a tiempo”, piensa alguna gente.

La leyenda oscura del Fondo Monetario Internacional (FMI) es parte de una retórica que se recita mecánicamente en las calles para perennizarnos en el rol de mártires y exonerarnos de nuestras propias responsabilidades y fantasmas.

El FMI no obliga a ningún país a tocar su puerta. Y tampoco esconde lo que busca a cambio de su ayuda: austeridad, institucionalidad y disciplina fiscal. Es un médico conservador, cascarrabias y exigente. Pero los pacientes lo visitan normalmente cuando están muy graves y el tratamiento es severo.

El mito de que el FMI es un instrumento de la Casa Blanca cae cuando se conoce cómo funciona. Tiene 189 miembros, pero no todos pesan igual. Se les asigna un número de votos y una cuota de membresía, dependiendo del tamaño de la economía.

Por ejemplo, mientras que Ecuador pagó en 2016 una cuota cercana a los $ 700.000, Colombia contribuyó con algo más de $ 2 millones. EE.UU. aporta más y tiene más votos, pero todos sus directores, en 73 años de existencia, fueron europeos. Otro factor que derriba la teoría conspirativa es que el país que más dinero les ha donado, fuera de las cuotas de membresía, ha sido Japón ($ 430 millones desde 1990).

El FMI no es muy popular en estos barrios. Pero a Ecuador le ofreció una canasta de créditos (junto con otros dos organismos internacionales) con tasas bajas y plazos largos. Con Argentina acordó un paquete récord de $ 57.000 millones.

El problema no son los términos crediticios sino las condiciones para entregar el dinero, sobre todo en países con democracias frágiles y estructuras demagógicas. A nosotros prácticamente nos dio la espalda en la crisis del 98 por ser poco flexible y por no entender que quizás el mismo tratamiento no beneficia a todos en la misma medida.

Pero en la mayoría de los casos, la culpa no es del médico sino de la persona que no cuida su salud y no se quiere curar. (O)

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