Discépolo a la vanguardia

- 31 de julio de 2020 - 00:00

Que la democracia, como sistema de gobierno, está en riesgo desde hace tiempos, no es ninguna novedad. Que ya casi se ha convertido en una entelequia, es cada vez más, una verdad a gritos. Si pruebas nos faltaban, ahí está el presidente estadounidense Donald Trump, proponiendo posponer los comicios del próximo 3 de noviembre, cuando el COVID-19 y las encuestas arrasan con la economía y su imagen presidencial.

Tan amigo de Jair Bolsonaro, como de otros tantos mandatarios en la región, Trump y su pragmatismo van poniendo su granito de arena para que el mundo sea un lugar cada vez menos vivible, en tiempos en que la política está tan obsoleta como las ideas. Sólo hay que ver cómo operan algunos líderes en tiempos pandémicos para corroborar lo poco que nos queda de Karl Marx. Por lo menos en aquello que “la historia se repite dos veces, primero como tragedia y luego como comedia”.

Por lo visto en Netflix (enciclopedia Británica de estos tiempos), a Trump le quedaba más fácil arreglar con los miembros de “la Comisión” en sus tiempos de constructor de rascacielos que con sus pares en las otras potencias.

A Don Bolsonaro, le queda más fácil repetirse como el Chaplin de “El Gran Dictador” versión moderna, que gobernar para los 211 millones de habitantes. Al Jefe de Gobierno español, Pedro Sánchez, le resultaba más fácil plagiar tesis en sus tiempos de universitario que gobernar una España en crisis. Y Así podríamos seguir dando la vuelta por buena parte del globo, encontrando ejemplos devastadores, salvo alguna excepción.

Otros insisten con la Revolución. Tal es el caso del mexicano Andrés Manuel López Obrador, más conocido de entrecasa como “El Peje”, quien busca sus influencias políticas entre Cantinflas y Plutarco Elías Calles (1924-1928), cuando si de revolución se trata, los apellidos son otros. Zapata, Villa, Cárdenas y todo pasaba por Ayala (Morelos) y no por Badiraguato (Sinaloa) y… siguen los ejemplos alrededor del mundo sometido a una crisis por demás vertiginosa y dónde todo, hasta las ideas parecen quedar obsoletas por falta de uso.

Salvo la máxima de uno de por aquí abajo, que suena cada día más actual por aquello de “ves llorar la biblia junto al calefón…” sin que aún, cuando la democracia ya se vislumbra agonizante, cobremos coraje e incluyamos los textos de Enrique Santos Discépolo en la bibliografía obligatoria de la Carrera de Ciencias Políticas. (O)

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