Enfoque

Novelas fundadoras de la ciencia ficción de Ecuador

- 07 de abril de 2018 - 00:00
Entre las grandes preguntas para el futuro en ecuador en el siglo xix estaban los sistemas de transporte superpotentes.
Foto: Todd Diemer / Unsplash.com

Cuatro obras de finales del siglo XIX fundaron las bases para este género en Ecuador, todas con una fuerte influencia de las historias de Julio Verne.

El Globo Literario fue una revista semanal guayaquileña connotada en el siglo XIX. En ella se publicó por entregas La receta, relación fantástica del escritor, periodista y político ecuatoriano Francisco Campos Coello. Los seis capítulos de la novela se dividieron en once partes, publicadas entre el 1 de enero y el 5 de marzo de 1893. La obra inaugura la ciencia ficción ecuatoriana y en estas fechas se marca el inicio de los proyectos ficcionales de nación de futuro.

Además de la novela referencial de Campos Coello, se puede rastrear en otras tres obras los inicios de la ciencia ficción en Ecuador, un género poco apetecido por escritores locales, pese al deseo de nación de aprovechar las revoluciones de la industrialización, la ciencia y la tecnología. Esas obras, sumadas a La receta, relación fantástica (publicada como libro en 1899), son Dos vueltas en una alrededor del mundo: un viaje imaginario en sentido opuesto al movimiento de rotación (1899), de Abelardo Iturralde G.; Viaje a Saturno (1900), del propio Campos Coello, publicada por entregas, posiblemente inacabada, y Guayaquil, novela fantástica (1901), de Manuel Gallegos Naranjo.

Estas reflexiones nacen producto de mis investigaciones académicas y mis hallazgos en el terreno de la ciencia ficción ecuatoriana, publicadas en The Encyclopedia of Science Fiction, replicadas en artículos en Ciencia ficción en Ecuador y comentadas por periodistas y escritores en EL TELÉGRAFO, El Universo o La Barra Espaciadora. Incluso ciertos hallazgos fueron publicados en revistas científicas.

Influencia de Verne
La ciencia ficción ecuatoriana dialoga en sus raíces —como sucede con la andina— con los mitos fundacionales, los problemas sociales y políticos de época, y el asombro ante el desarrollo de la ciencia y la tecnología.

Sobre este último campo, lo que pasa en Europa es motivo de fascinación. Ya poetas y escritores románticos como Francisco Salazar A., quien escribiera la que podría ser la tercera novela ecuatoriana (y la primera en tono gótico-fantástico), El hombre de las ruinas (1869), leyenda fundada en sucesos verdaderos acaecidos en el terremoto de 1868, se había enamorado de los parajes y los desarrollos que se estaban dando en Alemania.

Campos Coello, menos romántico y más modernista, estuvo en Francia hacia 1860, a inicios del II Imperio, durante el gobierno de Napoleón III, período en que esa ciudad se transformó, apareciendo los bulevares y librerías. El nuevo rostro de la Modernidad mundana, utopista, con su promesa de bienestar y felicidad burguesa, es el que él nota en las calles parisinas que destilan el aire cosmopolita que los ecuatorianos quisieran tener. Por otro lado, observa las Exposiciones Mundiales, que muestran el desarrollo de la ciencia y las invenciones que abren esperanzas y ensueños a los europeos.

Campos Coello percibe que en ese contexto emerge una literatura escindida de las problemáticas sociales, de los romances bien o mal avenidos o de la turbia atmósfera que, como consecuencia de la industrialización, cubre el cielo de las ciudades. Tal literatura más bien se muestra entusiasta, mira las estrellas, el cosmos, habla de entidades que no están en la Tierra y, sobre todo, intenta pensar los efectos de estos avances en el futuro.

Con el fin de divulgar, de hacer más popular el imaginario sobre las invenciones y las nuevas posibilidades de las ciencias, esa literatura se conoce ahora como ‘ficciones científicas’ o como ‘romances anticipatorios’. Julio Verne es quizá uno de los cultores más importantes de esa literatura, en la que las aventuras, los viajes (que él llamó «extraordinarios»), al mismo tiempo mezclan las tecnologías o las huellas de las ciencias como parte de los escenarios sociales o los paisajes que están en proceso de cambio.

Los escritores como Campos Coello, que miran a Europa, en cierto sentido pretenden emular esa literatura y su referente es sin duda Verne, quien ya gozaba de popularidad desde 1860, década en la que el escritor ecuatoriano estaba en París.

Estos escritores, que son pocos, abrazan el ideario del progresismo ecuatoriano. No son conservadores, sino liberales católicos burgueses. El progresismo, como tendencia política, recordemos, ocupó el escenario ecuatoriano casi unos diez años (de 1884 a 1895). Pese a sus vicisitudes, quizá fue un momento en que Ecuador empezó a pensarse en tiempo futuro: el auge cacaotero, un gobierno que permitió la consolidación de la banca, la modernización de ciudades (sobre todo Guayaquil), entre otros, fueron sus marcas, que implicaron la imaginación y la proyección del quehacer político hacia algún futuro esperado.

De sus imaginadores, Campos Coello es el más importante. Político, abogado, educador, humanista, cronista, escritor… se constituyó en un referente del desarrollo y del cambio de Guayaquil, primero desde la Alcaldía y luego como rector del Colegio San Vicente del Guayas, entre otros cargos. Mantuvo amistad, gracias al periodismo, con Manuel Gallegos Naranjo, cronista que publicó diversidad de artículos y obras.

En el mismo círculo de amistades (incluso familiares) y conocidos, también estaban José Antonio Campos y Alberto Arias Sánchez, quienes, en el ámbito del cuento (como Campos Coello), son precursores del romance anticipatorio. Todos leyeron a Verne y lo citan en sus obras. Verniano como ellos fue también el que luego fue director del Observatorio Astronómico de Quito, Abelardo Iturralde G., militar, científico y astrónomo.

Una ‘arqueología’ de la ficción anticipatoria ecuatoriana
Es importante la ciencia ficción ecuatoriana, la inicial, la de finales del siglo XIX y comienzos del X, la que defino como ‘ficción prospectiva utópica’, porque relaciona el devenir histórico de Ecuador con la anticipación del futuro. La idea de una ficción prospectiva utópica, desde mi punto de vista, implica un tipo de literatura divulgativa de lo científico y lo tecnológico pero ligado al quehacer político.

Se trataría de una literatura que, queriendo ser máquina reflexiva y espejo de cómo las tecnologías y el pensamiento científico pueden servir para el buen gobierno, también quiere ‘futurizar’, es decir, mirar los hechos positivos de la realidad en tiempo futuro. En ese sentido, los relatos se pretenden también utopistas, de tierras y de una nación ecuatoriana que ha logrado no solo la Modernidad sino que la ha excedido.

Es necesario leer bajo esa perspectiva las primeras obras de ficción prospectiva utópica ecuatoriana, pues no son meros textos literarios. Incluso pueden ser ejercicios de erudición que, escritos con explicaciones cientificistas o con estructuras narrativas diferentes a las convencionales, pueden no tener ‘calidad’ y, por lo tanto, pueden ‘no gustar’. Un ejercicio de arqueología de tal literatura (si tomamos prestado el sentido que le da Foucault), implica leerlos como monumentos y no como documentos. Es decir, como monumentos de un saber que, además, involucra a la política, a las ciencias, a las tecnologías, en una especie de diálogo orientado a representar, a exponer modelos ideales de sociedad y nación, modelos de mirar el mundo partiendo de la evaluación de los posibles conflictos o aciertos de los que se compone la realidad.

Las cuatro obras fundacionales de la ciencia ficción ecuatoriana son eso: parafraseando a Foucault en La arqueología del saber, sus estructuras narrativas «organizan, dividen, distribuyen, ordenan, reparten en niveles, establecen series, distinguen lo que es pertinente y lo que no lo es, señalan elementos, definen unidades, describen relaciones…». Sus autores hacen un trabajo sutil con el lector al fotografiar la realidad, haciendo un distanciamiento cognitivo para entregarnos, como si fueran ellos mismos los productores de un discurso positivo, algo nuevo (el novum, el resultado de todo este proceso, tomando en cuenta la definición de Darko Suvin en Metamorfosis de la ciencia ficción). Y, ¿qué es lo nuevo? Las novelas son el trazado hipotético, una nueva Historia de Ecuador, reescrita mirando y anclándose en el futuro.

Las cuatro novelas
La receta, relación fantástica, de Campos Coello es la visión a futuro de Guayaquil tras implementarse el proyecto de agua potable, el rediseño de la ciudad, las políticas educativas liberales, la remodelación del sistema de transportes, haciendo que la urbe se conforme en centro convergente de todas las rutas mundiales, la aglutinación cosmopolita de todos los habitantes de Ecuador en ella…

Cuando el protagonista, R, viaja a Alemania, conoce a un viejo demiurgo que le regala una receta para despertarse en el futuro. Eso le permite ir al Guayaquil de 1992, donde corrobora que la puesta en práctica de un sistema sociopolítico, económico y educativo (el progresista del XIX), bajo el imperio de la racionalidad científica, la ciudad y Ecuador se convirtieron en un lugar ideal para vivir con felicidad. Una utopía política por fin se visibiliza en el futuro. R es el propio Campos Coello, que hace prospección de su obra política usando el dispositivo de la novela.

Dos vueltas en una alrededor del mundo: un viaje imaginario en sentido opuesto al movimiento de rotación, de Abelardo Iturralde G., es un texto cuyo narrador omnisciente nos obliga a realizar un viaje imaginario alrededor de la Tierra. ¿Se anticipa a la moderna Estación Espacial? La clave de esta novela es la descripción aérea y, con ello demostrar que, volando en sentido contrario a la rotación terráquea, las 24 horas del día son inmutables, pero gracias a tal estrategia, se ha visto parte de la noche de un día, sus doce horas de luz y otra parte de noche de otro día. En síntesis, dos vueltas de la Tierra en un día.

A diferencia de la obra de Campos Coello, la de Iturralde es más cientificista sin que su narración prescinda de lo poético al describir el mundo desde el cielo y recorrerle por encima admirando sus islas, las poblaciones, las luces y sombras del día y la noche. Lo curioso de esta obra de 1899 es que su acción se sitúa en 1902. Hasta finales del siglo XIX, se estaban realizando experimentos con aparatos para volar, incluido el que se conocerá como ‘avión’, pero es en 1903 que los hermanos Wright hicieron el primer vuelo; el de Iturralde, en ese sentido, se antoja anticipatorio y espiritual.

Viaje a Saturno, de Francisco Campos Coello, es cientificista como el de Iturralde. Un ecuatoriano y su amigo Paracelso reciben la visita del saturniano Prororov quien les invita a ir a los anillos de Saturno no sin antes hacer una parada en la Luna, donde se encontrarán con el rey de los gigantes, Matatatua, quien se une a la misión. El interés de esta obra, tal vez inacabada (aunque el autor la inició en la revista Guayaquil Artístico por entregas entre el 18 de octubre y el 23 de diciembre de 1900, falta determinar dónde la terminó), es el carácter divulgativo de la matemática y la física con relación a las distancias entre planetas, los viajes interestelares, el peso de los futuros astronautas. Se podría decir que la novela es la anticipación de un viaje al espacio exterior. Su diálogo, a la par, es cómico y asombroso, y sirve para que el lector vaya descubriendo diversos asuntos en la lectura.

Guayaquil, novela fantástica de Manuel Gallegos Naranjo, representa al ‘Bello Edén’ (es decir, Ecuador). Como toda utopía, el lugar tiene un régimen moral, educativo, una organización social, unas tecnologías y recursos con los que el hombre libre trabaja y los millonarios sustentan el Estado de bienestar y felicidad. El Inca Guayaquil, hijo de Guayas y Quil, es uno de los mayores capitalistas del mundo, accionista del tren universal, además de ser el Presidente Constitucional de la República de Ecuador desde 1991. La acción comienza en el futuro 1945 (haciendo una paráfrasis de la historia conflictiva de Ecuador desde 1845 hasta 1891), pero el gran desarrollo de ese Ecuador utópico inicia en 1991, cuando Guayaquil, ya científico, ya humanista, ya gobernante con rostro de padre, logra la prosperidad para el país y el mundo.

Ecuador futurizado
Cabe notar que, de las novelas citadas, tres son guayaquileñas y una quiteña. ¿Es esto un indicador sustancial? Digamos que a finales del siglo XIX, a pesar de los logros del liberalismo católico, Ecuador vivía un estado de inestabilidad, siendo Quito el lugar donde convergían las tensiones políticas.

Por el contrario, en Guayaquil, el desarrollo socioeconómico de la burguesía se afianzaba, haciendo de tal ciudad el centro de comercio y el polo capaz de conectar a Ecuador con el mundo. En ese sentido, es interesante ir descubriendo poco a poco que, mientras en Quito la conflictividad interna impide pensar en tiempo futuro, en Guayaquil la dinámica política es otra, ligada al desarrollo del capitalismo.

Tanto La receta, relación fantástica como Guayaquil, novela fantástica presentan modelos utópicos de un Ecuador liberal tomando en cuenta la Modernidad europea y el industrialismo alemán. En un caso, es la receta del progreso; en el otro, es el reconocimiento de una identidad nacional (el anclaje con lo inca es clave) que da ejemplo al mundo en el campo de las ciencias y las ideas.

Por primera vez, se constata que el espíritu ecuatoriano prospectivo se escinde del pesado pasado histórico y hace las paces con el mestizaje autóctono pensando en que debería haber una Modernidad andina.

El Ecuador futurizado, es decir, un Ecuador libre y que trasciende —pienso en las tesis de Leonardo Polo y su Lo radical y la libertad—, en cierta medida, es lo que está en todas las novelas: la mirada omnisciente sobre el mundo quizá es la mejor metáfora de ello que podemos encontrar en la novela de Iturralde.

Y un último apunte: pese a que en 1895 comienza el ciclo del liberalismo radical, distinto al liberalismo burgués católico previo, en este ciclo no existe una literatura de ciencia ficción que piense en futuro. Aun cuando haya novelas como las de Iturralde, Gallegos Naranjo y Campos Coello, estas reafirman una voluntad anclada en el progresismo.

En Guayaquil, novela fantástica incluso la llegada del liberalismo radical es pintada con un cataclismo promovido por miembros del Averno. De este modo, vendría a darse el fin de un momento de pensar utópico a través de la literatura. (I)

Francisco Campos Coello escribió La receta y Viaje a Saturno. Ilustración Bena

Adicional
Francisco Campos Coello
1841-1916

SIllón de Olmedo
Entre 1886 y 1888 fue presidente del Consejo Cantonal de Guayaquil, el puesto que precedió a la Alcaldía. En sus obras destacan, además de la divulgación matemática y física con respecto a las distancias entre los planetas, que en su visión de un Ecuador futuro, desarrollado y de bienestar, convergen tres elementos: la preservación de la memoria a través de monumentos de personajes históricos, los transportes masivos capaces de desplazarse a grandes velocidades, y un afán de lectura generalizado que cope las bibliotecas de la ciudad. (I)

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