El gran pensador y académico mexicano Leopoldo Zea, al ser preguntado: ¿Cómo definiría en una frase todo su inmenso aporte desde la filosofía latinoamericana?, contestó que el hombre no llegaría a una etapa superior de desarrollo si no entendía que “todos los hombres somos iguales, precisamente porque somos diferentes”.
Esta profunda y sencilla máxima contiene la esencia del drama de la humanidad entera. Creer siempre que somos superiores al diferente. La intolerancia del ego es la causa principal de todos los conflictos, desde los íntimos de pareja o familia, hasta los brutales enfrentamientos entre religiones, culturas o naciones.
En su obra mayor, Discurso desde la marginación y la barbarie, Zea incursiona en la historia de todos los hombres para demostrar cómo desde siempre se definió como bárbaros a los que no cumplían los requisitos de nuestra particular forma de comportarnos y entender al mundo; y luego los marginábamos y oprimíamos.
En esta, nuestra América venida de todas partes, es indispensable profundizar la propuesta de la interculturalidad como base y principio de una nueva civilización que nos contenga y nos incluya a todos, a pesar de nuestras diferencias. Solo así podremos ir construyendo la Nación de Naciones, que ya lleva dos siglos de inacabada concreción. (O)
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