Ecuador / Jueves, 12 Febrero 2026

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“Sueños de trenes”: canto a la vida común

Una frase que se oye en el filme “Sueños de trenes” (2025) de Clint Bentley por boca del narrador sintetiza lo que implica la vida del protagonista, cuando aquel sobrevuela montado en una avioneta: “Mientras perdía toda noción de arriba y abajo, se sintió, por fin, conectado con el todo”. Y quizá también es una frase que simboliza lo que es una vida plena.

“Sueño de trenes” podría pasar por ser una película lineal de corte intimista e incluso existencial. Sin embargo, tiene mucho más. Tiene como eje la vida de un jornalero, Robert Grainier, desde su temprana edad hasta cuando este, ya sin familia, muere. De hecho, lo que vemos es la historia de vida de un hombre dedicado al trabajo. Lo distinguimos cuando ayuda a construir las líneas de ferrocarril, o cuando es cortador de árboles en un bosque, o cuando intenta establecer una familia, construyendo además una casa de madera cerca de un río, o cuando, ya envejecido, se dedica a transportar gente de un punto a otro. Pese a la sencillez de su vida, la abnegación que tiene con la familia que forma y que la pierde pronto en un incendio forestal, también es testigo de la violencia que permea sus actividades: racismo y exclusión forzosa contra individuos de otras culturas y naciones, venganza y muerte entre individuos, accidentes que muchas veces pueden ser ocasionales, aunque causados por el mismo tipo de faena al que se expone todo trabajador. Con todo, Bentley nos hace vivir la existencia solitaria de Grainier, resaltándola cuando se topa con otros seres marginales, muchos de ellos ermitaños, y con la misma naturaleza salvaje a la que los jornaleros tratan de dominar y sacar provecho.

“Sueño de trenes”, entonces, se podría decir que es la representación de un largo periplo donde se forja la voluntad y el temple de Grainier, pero también un filme sobre el aprendizaje de la vida misma, con sus vaivenes, con lo que uno puede cosechar y con lo que, a la par, se pierde. En otras palabras, la vida común de cualquier ser humano, independientemente de la profesión o de la labor que realice. Basada en una novela homónima de Denis Johnson, el filme que comento tiene el tono de una épica minimalista sobre un hombre que, pese a la pérdida, persiste y además ve la transformación del paisaje y de la vida cotidiana norteamericana.

En este último sentido, Bentley nos invita a pensar lo que significa la existencia humana, por más pequeña que sea, dentro de un marco de inmensidad social, cultural y política o, mejor dicho, lo que implica ser un humano de cara al intrincado mundo que le puede rodear. No es un drama historicista convencional, sino más bien un retrato atmosférico de un individuo común que no se deja amilanar por la desgracia, es decir, la metáfora de cualquier ser humano, de alguien mínimo, pero que es la sombra esencial, uno de los granos de arena significativos que ayudan a construir cotidianamente la nación.

De acuerdo con ello, “Sueños de trenes” tiene tres niveles narrativos que, entretejidos, desmarcan la idea de linealidad que podría suponerse viéndola a simple vista.

El primero es el realista e histórico, por el que se representa y documenta el trabajo físico de jornaleros, obreros o gente subalternizada, tomando en cuenta cosas y situaciones nimias o que pueden escapar de la atención. En sentido metafórico, este nivel supone la visualización del cambio de rostro de América del Norte en el siglo XX, gracias a la construcción de caminos, puentes, la modernización de los ferrocarriles, la industrialización de los recursos naturales (para bien o para mal…), todo por obra, precisamente, de trabajadores dedicados, a los que, muchas veces, las políticas del capitalismo solo los hacen ver como simple mano de obra sin reconocer su esfuerzo real.

En el segundo nivel, que es más bien más psicológico, nos adentramos al espíritu de esos trabajadores (Grainier es el culmen de la metáfora), que también sueñan, si bien con mundos mejores, además tratando de vencer sus temores y pesadillas. ¿Y cómo actúa en este nivel Bentley? Enfatizando el silencio para mostrar más la relación del personaje o del grupo de trabajadores con la naturaleza, esta con su propio ritmo, sonido y luz. Si el mundo del capitalismo se construye a fuerza de manos necesitadas, lo que importa en el filme es la interacción de estos seres pequeños con el entorno. Es allá cuando nos damos cuenta de que el tiempo se vuelve elástico o se detiene, a veces para reflejar los estados de ánimo, los estancamientos emocionales o incluso los momentos de gozo cuando se oye discurrir el agua o se saborea la puesta del sol. Narrativamente, Bentley usa elipsis para condensar una larga existencia en apenas el tiempo real que tiene la película. De acuerdo con ello, uno podría decir que la historia de Grainier mostrada en “Sueños de trenes” no es la de un hombre exitoso, el cual, además, vive un atascamiento toda su vida. ¿Importa ser exitoso para vivir realmente la vida con plenitud?

El tercer nivel podríamos decir que es más bien mítico. Contribuye en este nivel la construcción visual del filme, por la que tanto la textura como la luz natural, gracias al uso de una paleta de colores terrosos, nos hacen ver a Grainier y a los hombres y mujeres que le rodean en sus dimensiones trágicas; aquellos elementos estéticos matizan mejor la pequeñez humana, pero también la grandeza espiritual que los personajes tienen. De ahí que “Sueños de trenes” tenga algo de cierto realismo mágico: los grandes bosques, la naturaleza agreste y bella a la vez contrastan con las historias mínimas y con algunos relatos que se cuentan; todos estos connotan la trama de la película, transformándola de ser una simple historia de supervivencia en una fábula sobre el alma de un país o de una nación que ha ido dejando atrás la magia de la vida para abrazar mecánicamente la industrialización como horizonte.

Y volviendo a la frase que oímos cuando Grainier vuela y con la que abrí este comentario, cabe decir que “Sueños de trenes” plantea un doble mensaje. El primero tiene que ver con esa sensación que transmite de que una vida puede ser, al mismo tiempo, insignificante para la historia, pero también monumental para quien la vive. La vida no está hecha de éxitos, sino de cosas intrascendentes que en un momento pueden tener el peso mismo del universo, su grandeza y su misterio. Es así como la película también nos pone a pensar que, tras la construcción permanente de una nación, de toda una infraestructura moderna, hay fantasmas cuya fuerza debe ser siempre reconocida, aunque se los quiera olvidar. Entonces, hay algo de místico en toda la trama. Y es lo que me lleva a un segundo mensaje y quizá el más trascendental: estos seres que ayudaron a construir algo, igualmente, en el transcurso de su vida, lo perdieron todo; su legado, por lo tanto, puede ser efímero o tal vez imposible de recuperar. En este sentido, la herencia no es material, sino espiritual, hecho que debe hacernos tomar conciencia sobre nuestro paso por este planeta.

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