Eloy Alfaro está vivo
Quienes el 28 de enero de 1912 pretendieron matarlo y esconderlo en los oscuros rincones del olvido, se equivocaron.
Porque Eloy Alfaro Delgado vive en los pasillos del Colegio Bolívar de Tulcán, en la Escuela de Artes y Oficios, en el Instituto Nacional Mejía, en la Escuela de Bellas Artes, en el Normal Manuela Cañizares, en el Colegio Militar, en el Normal Juan Montalvo.
El General de los humildes vive en la unidad Latinoamericana y del Caribe, al proponer la realización de un Congreso en la ciudad de México programado para el año 1896, que tenía como objetivo central la creación de la Patria Grande como lo soñó Bolívar.
El General vive en las locomotoras y vagones que unen a la Patria. En la legislación para consagrar los derechos políticos de la mujer ecuatoriana. En el sistema de agua potable de Quito y Guayaquil. En la organización personal de la defensa, en el conflicto de 1910, en la frontera sur.
Don Eloy vive en los machetes victoriosos de los revolucionarios manabitas en la batalla de Los Amarillos. En los ponchos, picos y azadones de los indígenas que combatieron en Gatazo y El Socavón. En el triunfo de Girón en el Austro. En la piel oscura y el alma blanca de los bravos montoneros esmeraldeños.
El Viejo Luchador vive en la justicia distributiva y solidaria, al confiscar los bienes inmuebles del clero para beneficio de la Asistencia Pública.
Eloy Alfaro vive en las páginas de “La deuda gordiana”, libro en el que hace un análisis histórico de la deuda externa ecuatoriana y critica duramente al “negociador” Antonio Flores.
Alfaro vive en la defensa de la Soberanía de la Patria. Frente a la propuesta del gobierno de Estados Unidos de que le “arrendaran” las Islas Galápagos por un período de 99 años, a cambio de 15 millones de dólares, dijo: “Buscar una solución en el desmembramiento de nuestro territorio sería un crimen atroz; ni una pulgada del suelo de la Patria puede cederse sin hacerse reo de parricidio. Nada de vender el territorio, nada de mermar la sagrada herencia que nos legaron nuestros libertadores”.
Alfaro vive con su pensamiento y con su acción, en el corazón de los indios, montubios, afros, cholos, mestizos y todos aquellos que sienten con sinceridad el honor de ser sus herederos políticos.
Humilde en su grandeza, nos dice: “Nada soy, nada valgo, nada pretendo, nada quiero para mí. Todo es para vosotros que sois el pueblo que se ha hecho digno de ser libre”.
Después de cien años, el General Eloy Alfaro Delgado ¡está más vivo que nunca!
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