Crónica del sindicato
Para los habitantes de Quito fue importante escuchar el jueves 3 de mayo una reunión emitida al aire por el “sindicato político” de facto que conforman varias radioemisoras de la capital y de Cuenca, algunas de las cuales tienen alcance nacional.
Según sus informaciones, ellos se reúnen mensualmente y transmiten las intervenciones de los dueños o representantes de quienes manejan programas de opinión de lunes a viernes, y que coinciden por su posición política, franca y frontal, en contra del régimen actual, por más que quieran disimularlo cuando muy de vez en cuando invitan a personas que tienen otra identidad política.
Ellos defienden la sacrosanta libertad de opinión y de calumnia; son partidarios acérrimos de archivar el proyecto de Ley de Comunicación; son fanáticos defensores de los periodistas tipo Emilio Palacio, y, desde luego, abominan de la responsabilidad ulterior o posterior.
Con una fuerte dosis de astucia, la Secretaría de Comunicación emitió, al inicio y final de ese programa, una cuña afirmando “que esa transmisión se hace posible gracias a que el país goza de absoluta libertad de prensa”, lo que resultó obvio, de obviedad absoluta: lo que llamamos también un fiasco para las intenciones del “sindicato político”.
No quedó allí, porque en Cuenca habían invitado a Jefferson Pérez y en Quito a una experta en educación, pero por más que le dieran vueltas y revueltas no lograron arrancarles ni una frase que les sirviera a la causa del “sindicato”.
Hicieron una fuerte defensa de los colegas periodistas implicados en los WikiLeaks “que se le olvidaron a Cervantes” y que solo fueron publicados por el diario El Telégrafo, reclamando en la casa equivocada porque debían hacerlo ante la embajada de los Estados Unidos.
En sus desahogos matinales cotidianos, junto a sus contertulios que casi siempre son de la misma camada, ellos le dicen de todo al Presidente, a los ministros, a los altos funcionarios, sin mostrar prueba alguna de autenticidad, dándole carácter de opinión a las acusaciones que terminan siendo calumniosas, al no ser respaldadas por pruebas responsables.
Hablan de la persecución a los periodistas y la presión para la censura previa, pero nunca dan nombres de los perseguidos ni hechos concretos que respalden las aseveraciones vertidas en forma tan irresponsable. La dosis diaria de envenenamiento a la conciencia de los oyentes no compensa la orfandad de sus consignas que caen en el vacío.
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