Un voto castigo
En las elecciones seccionales del 23 de febrero, Alianza PAIS sufrió un golpe contundente: ese día el electorado le impuso un voto castigo que, si bien estuvo lejos de derribarlo, estremeció al orgulloso edificio de la Revolución Ciudadana y conmocionó al país entero. Tal voto castigo arrancó de las manos de AP alcaldías de primer orden, como las de Quito, Cuenca e Ibarra.
El caso de Cuenca, por fortuna, no es el de la capital: allá triunfó otra opción democrática, no la derecha, y menos la derecha liderada en Ecuador por Jaime Nebot Saadi.
En Quito el voto castigo resultó mortal, pues haciendo añicos las pretensiones reeleccionarias del alcalde Augusto Barrera, elevó hacia el sitial mayor a Mauricio Rodas, casi un ilustre desconocido, del cual el 90 por ciento de sus votantes ignoraba origen y antecedentes, pero en quien la mayoría vio la única alternativa frente a una administración municipal que no escuchaba a nadie, que no consultaba con nadie.
Ni el apoyo directo del presidente Rafael Correa pudo librar de su derrota, dándose la paradoja de que la mayoría de electores de Rodas creía y simpatiza con el Presidente, pero castigaba con su voto el sectarismo de quienes cierran las puertas a las propuestas y proyectos que no surgen de su genio, se tapan los oídos ante las voces de los postergados de siempre y sueñan con una capital versallesca rodeada de montones de basura, entre los cuales se mueven a su antojo delincuentes y perros hambrientos.
He allí en parte la explicación del triunfo de Rodas. Lo demás lo pusieron la banca chulquera (tipo Isaías), las cámaras de mercaderes, las fundaciones norteamericanas, el aparato mediático y toda clase de hijos de Chevron.
La debacle de la administración municipal fue el resultado de varias causas, entre las que el propio presidente Correa ha destacado el sectarismo.
El sectarismo es incapaz de salir de su cofradía para buscar y construir alianzas con otros movimientos, sectores y personalidades sobre la base de programas de interés común. El sectarismo degenera en nepotismo, donde unos grupos se reparten la torta excluyendo a los otros. El sectarismo, al cerrar puertas y ventanas, favorece la descomposición y la corrupción a través de prebendas, contratos y complicidades. El sectarismo, en fin, produce resentimientos sociales.
Combatir el sectarismo y arrinconar a los dirigentes que lo causan, es santo y bueno en una revolución. Pero esto no es todo. Hay muchas más urgencias que acometer, entre las cuales figuran la necesidad de evitar que los oportunistas y los derechistas se suban a la camioneta para despeñarla hacia el abismo de la contrarrevolución. Y la necesidad imperativa de formar militantes y líderes informados, con mente crítica y libre, capaces de sustituir a los que fracasan y a los combatientes honestos que caen y habrán de caer en esta dura contienda de nuestra América por su segunda y definitiva Independencia, frente al imperio sediento de dólares, sangre y petróleo.
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