Revolución y pensamiento
Cuando se trata de revolucionar la sociedad, las acciones no bastan por sí solas; se requiere una profunda reflexión colectiva e individual sobre los procesos históricos, sus contradicciones, sus actores, sus escenarios, las fuerzas, contrafuerzas, intereses, objetivos, la carga de fe, esperanzas y utopías que se mezclan en sociedad, a la cual se juzga como injusta para las mayorías.
La gran insatisfacción viene de principio de no poder acceder a lo que el promedio de la sociedad accede; es una lucha común por tener, poseer lo que la gran máquina mediática privada indica que una persona promedio debe tener para ser reconocida como tal en sus mejores condiciones y que lo hará derivar a ser un buen ser humano, un buen ser social, un humano pleno.
Es decir que la lucha, por definición, es salir, escapar de la pobreza porque esta expresaría todas las formas más deformadas de las irregularidades de un sistema inequitativo, etc. Ante eso, la sociedad, en su forma genérica, produce unos imaginarios sobre el bienestar, sobre la felicidad, sobre el consumo, tanto sobre el bien como sobre el mal, para afrontar con más seguridades ese mundo injusto. Revolucionar un estado de situación exige una amplia conciencia social: colectiva e individual.
El pensar mismo, como acción histórica, no es un reduccionismo conceptual individual sino, por el contrario, la sensibilidad frente a un presente en perspectiva histórica, que invoca a transformar lo existente y no solo cambiarlo. Algo que ha caracterizado a la izquierda es precisamente la capacidad de salir de sí misma, de apertura amplia al mundo circundante, no el de la televisión, sino el de carne y hueso; esa curiosidad por conocer, por acercarse a los diferentes y distintos, no desde la exclusividad observadora, sino desde el tacto del mundo de la vida. Por eso el pensamiento sintetiza las acciones, las emociones y las ideas. Un pensamiento revolucionario no debe esconder las contradicciones conceptuales o afectivas, por el contrario, reivindica sus orígenes y los arriesga a favor de lo colectivo.
Por eso las victorias o derrotas son altamente relativas en medida de la claridad de los objetivos a alcanzar. Craso error de la izquierda idealista está en poner el credo, la fe, el dogma personal o grupal, por encima de la materialidad de la vida de la gente. O peor aún construir su privado imaginario de los pobres, la naturaleza y su rol transformador. Surgen algunas preguntas: ¿Qué pasa cuando el número de pobres se reduce a medida que son incluidos en la ensanchada clase media? ¿La clase media quiere o está dispuesta a revolucionar la sociedad del consumo? ¿La clase media aspira al socialismo? ¿Qué significa hacer la revolución en el capitalismo globalizador?
De las pocas pistas que existen es que pensar en una revolución nacional o local es un error fatal; solo una revolución permanente -regional e internacional- es la garantía contra el caduco Estado liberal moderno.
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