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La sinceridad y el liderazgo
En los años que voy acumulando como profesional, y sobre todo como ser humano, como persona, he podido ser testigo de varias escenas donde hombres (autodenominados líderes) y mujeres (quienes se hacen llamar lideresas) se han jactado una y otra vez al asegurar ser muchas cosas (por ejemplo: una eminencia como profesional; un excepcional trabajador; e inclusive un(a) religioso(a) bueno(a)).
Tal vez lo sean, pero, simultáneamente, aquellas personas se han esforzado por demostrar que tienen dificultades para calificar como elementos humanos caracterizados por la sinceridad, y, consecuentemente, se vuelven personas incongruentes respecto a la responsabilidad que llevan sobre sus hombros en la sociedad en cuanto al rol de liderazgo que ejercen en un determinado espacio, sea éste comunitario, laboral, social o propio de la vida religiosa.
¿Es posible autoproclamarse líder o lideresa al mantener una conducta carente de sinceridad?
Seamos ilustrativos. Es posible que usted, estimado(a) lector(a) en algún momento de su existencia haya podido tener conocimiento de ciertas experiencias humanas, desagradables en sí mismas: a) ciertas personas que en el ejercicio de su profesión exigen pagos a sus clientes para poder realizar su trabajo, pero a medida que transcurre el tiempo van generando espectativas basadas en engaños y narrando una gestión inexistente (en buen romance: jamás tuvieron voluntad para trabajar en favor de sus clientes y así justificar el dinero que solicitaron por dicha labor); b) aquellos trabajadores que dentro de su hogar (con esposa e hijos) actúan como esposos y padres de familia, pero fuera de su hogar actúan como si fueran personas solteras, y en su lugar de trabajo se fijan como tarea el satisfacer sus bajos instintos logrando así llevar una doble vida (con pareja fuera de su hogar; y, con pareja dentro de su hogar); de paso, se esfuerzan por socializar el revestirse de una figura de ser esposos y padres de familia “ejemplares”; y, c) determinadas personas que han decidido llevar una vida religiosa, pero su comportamiento se asemeja a aquellas personas altamente conocidas o “famosas” en el mundo del espectáculo: exclusivamente están disponibles cuando las cámaras de televisión están encendidas, o cuando personalidades importantes son reunidas en un determinado evento social y las fotos son infaltables; pero en todo momento están ocupadas o no disponibles cuando el deber llama (atender a los enfermos, dar consejo u orientación a quienes sufren, tienen dificultades o la están pasando mal, y hasta el poder compartir el pan o brindar abrigo a quienes se los soliciten).
Es imposible, impensable, y rompe con todo análisis pensar en un hombre líder o en una mujer lideresa pero que no sea sincera o que no sea sincero, en cuanto a su conducta, en segundo orden, y consigo misma, en primer orden. La universidad de la vida (coloquialmente hablando) me ha permitido construir una idea empírica: para liderar se requiere que la persona sea líder de su propia vida, siendo sincera consigo misma y comportándose bajo el paraguas de la transparencia. Es más, en el aspecto de las relaciones interpersonales y de índole sexo-afectivas, hay quienes mantienen relaciones de ese tipo pero bajo la mesa también las establecen con terceras personas. La sinceridad es la gran ausente. El liderazgo ha sido desplazado por el imperio de la mentira, esclavizando y extendiendo sus tentáculos a quienes son inocentes. El único liderazgo que se puede perpetuar desde ese entorno es el de la incongruencia y, con ello, el detrimento a la dignidad humana.