Justicia y democracia
Hay palabras conceptuales que se han vuelto lugares comunes del vocabulario, sin que haya acuerdo sobre su definición. Son palabras cruciales porque atañen a las relaciones sociales de poder. Una de esas palabras es: democracia, vocablo indefinido usado como la medida del Estado y lo público. Además, esa palabra evoca a la utopía del poder popular.
A la democracia se la relaciona por lo general con las elecciones y por lo tanto con la aplicación del principio de una mayoría ciudadana que vence a una minoría. La mayoría y la minoría se establecen aplicando fórmulas aritméticas y matemáticas legalizadas. Se olvidan casi todos, pues, que la hipotética democracia es mucho más que eso.
A la democracia se la mide también por la división de funciones estatales. En nuestro país tenemos cinco funciones. En teoría el ejecutivo debe desplegar las políticas para concretar los derechos materiales y sensitivos de la población; la función legislativa tiene que crear las leyes para ese fin; la electoral pregunta a la sociedad quiénes quieren que los representen y cuida de que se cumpla esa voluntad; la función de Transparencia y Control Social fue una apuesta de participación directa de la sociedad civil para contrapesar al régimen estatal; conceptualmente nunca fue coherente. La quinta función es la Judicial y Justicia Indígena.
Entre todas las funciones, la medular para fundamentar una democracia, es la mal llamada “Judicial”, palabra que se refiere a “juicio”. Esta función es la más importante porque en una sociedad los dos principios más altos son: el respeto a la vida y la justicia. La justicia no se administra, la justicia repara y al reparar hace pedagogía del bien. Ecuador y buena parte del mundo, atraviesan una coyuntura en la que priman las relaciones de fuerzas armadas ilegales. Donde prevalece la relación de fuerza no hay democracia, porque la democracia y la política son esencialmente debate, dialéctica y justicia.
Las carreras de Derecho de nuestras universidades están llamadas a retomar urgentemente el enfoque filosófico humanístico, reducir la perspectiva instrumental y fundamentar los principios de la justicia. Sabemos que hay interesantes intentos, como el de la PUCE Manabí, para formar futuros juristas que comprendan que el núcleo de la democracia es la justicia y la dialéctica. Para salvar la justicia, tenemos que cuidar el relevo.
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