Ecuador / Domingo, 18 Enero 2026

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El dato y el relato

“Dato mata relato”. La frase se repite con suficiencia liviana en oficinas públicas, debates técnicos e incluso en la academia, como si fuera una verdad incuestionable. Se pronuncia para cerrar o abrir discusiones. Y, sin embargo, pocas expresiones revelan tan bien la pobreza intelectual de la tecnocracia contemporánea.

Sin duda, no es una tesis científica, sino un gesto arrogante de poder. Quien la enuncia, a veces por ignorancia, se coloca del lado de una verdad supuestamente objetiva y relega al otro a los supuestamente débiles terrenos de lo subjetivo, lo ideológico o lo emocional. No se discute el marco, no se problematiza la fuente, no se interroga la metodología. Se invoca el dato como autoridad y se descalifica el relato como ruido. La cifra sustituye al argumento y la técnica reemplaza al pensamiento. No se percibe que el número no expresa la realidad concreta y que la palabra tiene una historia que puede fundamentar, o no, al dato.

Pierre Bourdieu nos advirtió hace décadas que no existe conocimiento fuera de las relaciones de poder. Los datos no caen del cielo: se producen en campos específicos, por agentes con intereses y capital simbólico. Medir, clasificar y cuantificar son actos sociales, no neutrales; son formas de imposición. El Estado y los expertos no solo describen la realidad la construyen desde posiciones de poder.

Bruno Latour fue más lejos y mostró que cada dato es el resultado de redes de instrumentos, protocolos, decisiones y traducciones. El dato es un signo que aspira a volverse incuestionable y que busca borrar las huellas de su propio nacimiento y fabricación en base al relato.

En América Latina, donde aún disputamos una independencia epistémica, la consigna “dato mata relato” contribuye a reproducir la colonialidad intelectual, el indicador importado se impone sobre la experiencia local, la métrica global sobre la memoria comunitaria y el ranking sobre la historia territorial.

En la gestión pública, ello tiene efectos concretos, pues las eficiencias celebratorias y las métricas burocráticas y optimistas tienden a enmascarar los relatos de humillación, exclusión y dominio. La tecnocracia, y con frecuencia la propia academia, privilegia los números porque no interpelan ni incomodan, mientras que los relatos introducen conflicto, sentido e historicidad. No se trata de oponer dato y relato, sino de reconocer que ambos son construcciones sociales atravesadas por relaciones de poder, y que lo que está en juego no es técnico, sino político: quién disputa el derecho de definir la realidad. Fetichizar el dato no es rigor, es pereza intelectual; despreciar el relato no es objetividad, es autoritarismo epistémico e incluso es una desidia frente al discurso y la doctrina. Los datos no matan relatos. Los relatos dan vida al dato.

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