El costo de la corrupción
El flagelo de la corrupción tiene una incidencia transversal a todos los ámbitos de la sociedad, por ello combatirla es una responsabilidad de todos, sin excepción alguna. Es una pelea que debe darse permanentemente, en forma sistemática, organizada, sin tregua y sin pausa.
La instalación del chip social de la integridad, en muchos casos, puede durar toda una vida y, sin embargo, eso no garantiza un comportamiento individual que se ajuste a la corrección y a la legalidad. Por lo que estamos frente a una lucha, probablemente, sin esperanza de triunfo. No obstante hay que afrontarla con decisión, porque está claro que la inacción no es opción, claudicar sería llegar a un punto sin retorno con el consiguiente desastre y caos que desatarían una descomposición aun mayor del tejido social.
Tristemente, en nuestro país la costumbre de la corrupción se incrementa exponencialmente cuando por todos los medios se hacen verdaderas apologías del delito, verbigracia las "narconovelas", la "narcomúsica", las "narcoseries" que inducen a la niñez y juventud a admirar y hasta a envidiar a los delincuentes y no, como debería ser natural, descalificar y censurar los comportamientos reñidos con la ley.
Cambiar implica voluntad política, pero sobre todo voluntad individual. Se trata, como apunta Kant en su "Fundamentación de la metafísica de las costumbres", de "actuar de manera que tú regla de conducta voluntaria pueda llegar a ser una ley universal para todos los seres racionales".
El costo de la corrupción, expresado en términos del PIB mundial o nacional, no ilustra la verdadera dimensión del problema, pero si consideramos como ejemplo que, según el BID, durante el periodo comprendido entre los años 2007 y 2017, el Ecuador ha perdido 70.000 millones de dólares por sobreprecios, desvío de fondos públicos e ineficiencia de obras, estamos frente a un perjuicio monumental que, para mayor comprensión, aproximadamente podrían representar 700 hospitales y 8.484 escuelas o unidades educativas.
Sin duda, la corrupción impide el aumento de la productividad, afecta al fomento de la inversión e influye negativamente en la creación de más y mejores empleos. En síntesis, hay que persistir en el combate a la delincuencia organizada, de otro modo el tan ansiado crecimiento económico se podría volver tan solo una quimera.
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