Las técnicas de tejido constituyen una herencia en Cacha

- 15 de septiembre de 2018 - 00:00
Se requiere de mucha sagacidad y de conocimientos para elaborar una prenda. La tradición perdura entre abuelos, padres e hijos con el fin de que no se pierda esta labor ancestral que data desde tiempos inmemoriables.
Foto: Elizabeth Maggi / EL TELÉGRAFO

La confección de una faja toma al menos un día sin moverse. Muchas personas, para lograr una prenda de calidad, utilizan herramientas llamadas Atambas.

Evelyn Pérez, de 11 años de edad, aprendió el arte de tejer artesanalmente cuando tenía  cinco años, fue su padre Rodrigo quien con paciencia y esmero le enseñaba cada puntada, él también recibió la misma clase de su progenitor Juan Segundo.

Este oficio que se observa en varios sectores de la comunidad Shilpalá de la parroquia Cacha en el cantón Riobamba, se mantiene vigente gracias a sus pobladores, quienes se han encargado de que sus acciones de tejer y bordar prevalezcan en el tiempo y se transmitan de generación en generación.

“Cada familia tiene su técnica, aunque son similares tenemos nuestros truquitos para que las piezas y los tapices nos salgan bonitos y sean apreciados por quienes buscan tener no solo un producto sino que prevalezca nuestra historia, son nuestras tradiciones y costumbres Puruháes” indicó Rodrigo Pérez.

Telares de madera
Tanto Evelyn como Rodrigo practican en el telar que construyó Juan Segundo, el cual ya tiene más de 40 años de existencia, pero que al estar bien cuidado, el tiempo no le ha hecho mella y sigue prestándose para hilar los sueños de sus hijos y ahora nietos.

Aunque al principio Evelyn tuvo varios errores en sus tejidos, muchos de ellos le salían tiesos o hasta más largos de la cuenta, su constancia ha hecho que sus obras sean requeridas por vecinos, amigos y familiares.

Ella escoge un día de la semana para realizar esta tarea y ha destinado  un espacio de su casa para que nadie la interrumpa, sabe que una vez que decide iniciar una obra no deberá ponerse de pie por varias horas sino su tejido puede verse alterado.

“Lo que más me gusta hacer son las fajas, ya que en ellas se utilizan más colores, es trabajoso pero son elegantes y quedan muy bonitos en los anacos, por lo que las mujeres son las que más las disfrutan” indicó Evelyn.

 Variedad de colores
El confeccionar una faja le toma a esta niña, un día sin moverse de la posición de estar sentada y para ello deja a un lado el telar y empieza a utilizar otra herramienta llamada Atamba (sujetador que tiene el tejido y a la vez a la persona) con el objetivo de que no se zarandee y pierda las puntadas ya hechas.

Además utiliza una cruceta en la que se despliegan nueve hilos, esto puede ser elección personal ya que en otras ocasiones puede usar 12 o hasta 15 de diferentes colores.

Los hilos los entrelazan con una Illagua (programador de madera para los colores), que van de acuerdo con la cantidad de ovillos y es allí donde les va dando la forma requerida por el cliente o el gusto de Evelyn, los dibujos van desde animales representativos como el cóndor o figuras como el sol.

Esta pequeña pero laboriosa prenda se vende en $10,00, “es una ayuda para mí, ese dinero yo ahorro y cuando empezamos clases ayudo a mis papás en comprar la lista de útiles escolares o me sirve para golosinas o algo que llame mi atención” añadió Evelyn

Su padre sigue a su lado cada vez que ella decide confeccionar algo, “todavía necesita de mi ayuda, lo hace muy bien sola pero es como una costumbre que hemos asumido juntos, la dejo que siga su labor pero de vez en cuando le enseño las mismas técnicas que mi padre me enseñó” acotó Pérez.

Tradiciones familiares
Una historia parecida se repite en el caso de Luis Illicanchi quien hace un año terminó sus estudios de bachillerato en la unidad educativa Yaruquies, él también aprendió el oficio de sus abuelos y ahora se dedica a tejer tapices.

Para ello utiliza un telar fabricado en madera de eucalipto y nogal de dos metros de largo por tres de ancho, para él este instrumento reseña la vida de su familia y las largas horas que pasaban tejiendo no solo su ropa sino para la venta en los mercados.

“Esto es parte esencial de nuestra vida, yo disfruto mucho tejiendo es algo que me mantiene ocupado y además me deja ganancias ya que un tapiz se lo puede vender desde $40, dependiendo del tamaño y las figuras” señaló Illicanchi.

Este joven inicia su trabajo desde tempranas horas y para ello dibuja en un papel el diseño que va a tejer, esto es como una guía de su trabajo y además le permite al cliente moldearlo o añadir a su gusto lo que quiere impreso.

Un tapiz de 1,20 por 60 de ancho le puede tomar 15 días de trabajo a Luis, estos suelen tener 5.000 cuadros (espacios) cada cuadro tiene seis filas y en cada fila debe colocar tres hilos, por lo que la precisión es la parte importante de su labor.

Tanto Evelyn como Luis disfrutan de su labor al aire libre, pero no han descuidado sus estudios o la diversión que su edad implica, ellos esperan que las técnicas de tejer artesanalmente se mantengan en la población y quieren trasmitirlas también a sus hijos. El objetivo es que el oficio no se pierda.

“Esto es parte de nuestra historia, de nuestra vida y está en nuestras manos que siga así, esperamos que las personas que también lo vean así y nos apoyen en la comercialización” acotó Luis. (I)

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Somos Familia
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