Los venezolanos calman el dolor de la migración en el Hogar de Cristo

- 21 de junio de 2019 - 19:56
Al anochecer, varios de los venezolanos albergados en Guayaquil se reúnen a conversar sobre sus días pasados de prosperidad y su presente de superación.
Foto: Karly Torres | et

Cae la noche y de a poco comienzan a llegar un grupo de ciudadanos venezolanos al albergue del proyecto Un Techo para el Camino de la fundación Hogar de Cristo, en La Atarazana, norte de Guayaquil.

Son hombres y mujeres que han salido en el transcurso del día a cumplir dos tareas esenciales para subsistir: tratar de regularizar su permanencia en Ecuador y buscar una fuente de ingresos para su sustento y el de sus familias. En algún momento deberán abandonar el refugio.

La luna llena alumbra un amplio patio de las antiguas instalaciones de la fundación católica Hogar de Cristo, donde se encuentra un grupo de migrantes charlando sobre sus vivencias del día. Por momentos olvidan su situación y ríen, repasan sus anécdotas. Es su esencia ser alegres, dicen.

Pero las risas por momentos se apagan cuando ponen los pies de nuevo sobre la realidad. El tema de conversación se centra en cómo resolver sus vidas tras abandonar su amada Venezuela huyendo de la crisis económica.

En otro patio iluminado por un reflector un grupo de jóvenes juega fútbol. Entre amagues, fintas y goles los chicos olvidan la tragedia de dejar su país.

Entre esos jóvenes está el venezolano Bernardo Delgado, de 18 años, quien salió del Estado de Cojedes con su madre y dos hermanos hace siete meses. Llegó a Guayaquil, tras pasar un tortuoso camino.

El joven, que tiene estudios de diseño gráfico, cursaba la universidad cuando lo sorprendió la extrema pobreza, por lo que tuvo que salir del con su familia.

Al llegar al Puerto Principal, en marzo de 2019, encontró trabajo en una imprenta donde recuerda -con tristeza e impotencia- que sufrió explotación. Le hacían cumplir jornadas de más de 12 horas diarias y recibía un salario de 30 dólares semanales.

Todavía le adeudan dos meses, por lo que al quedarse sin recursos buscó el albergue para sobrellevar la realidad. Delgado lleva una semana en el centro de alojamiento.

Al anochecer, varios de los venezolanos albergados en Guayaquil se reúnen a conversar sobre sus días pasados de prosperidad y su presente de superación. Foto: Karly Torres | et

“Aquí nos tratan muy bien, nos brindan tres comidas al día y todos los servicios básicos. Estoy muy agradecido por la ayuda de Hogar de Cristo”, dice el joven rubio y ojos claros.

A su lado están sus compañeros de tragedia, quienes lo escuchan con atención. Entre ellos, el colombiano Junior (nombre protegido), quien cuenta que abandonó su natal Buenaventura dos meses atrás, junto con su madre y tres hermanos menores, huyendo de la violencia paramilitar.

El joven afrodescendiente de 15 años relata que su familia inició los trámites de refugio con los representantes del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) para permanecer en Ecuador y rehacer sus vidas lejos de las balas, amenazas y extorsión.

Son las 20:00 y de pronto una voz por altoparlante interrumpe las tertulias y los juegos. Es el llamado al comedor a servirse la merienda: un plato de arroz, ensalada, pollo horneado y plátano.

Al anochecer, varios de los venezolanos albergados en Guayaquil se reúnen a conversar sobre sus días pasados de prosperidad y su presente de superación. Foto: Karly Torres | et

Ronald Borges, coordinador del proyecto Un Techo para el Camino, indica que el programa nació en mayo de 2018 para atender las necesidades de estas personas en condiciones de alta vulnerabilidad. La iniciativa se mantiene con el apoyo de instituciones como la Cruz Roja, ACNUR y otros cooperantes.

“Principalmente ofrecemos calidez, porque son personas que vienen transitando un trayecto de angustia, de tormento. Lo primero que les damos es un espacio digno, atención integral, atención psicológica y bridamos respuesta a sus inquietudes”, expresa Borges.

Actualmente el albergue da refugio a 110 personas, la mayoría venezolanas, de las cuales el 49% son menores de edad. Desde su creación y hasta la actualidad han brindado asistencia a 11.000 personas.

La casa hogar está distribuida en 16 espacios exclusivos para familias con niños y otros bloques para hombres y mujeres.

Los beneficiarios acceden a un kit de aseo, tres comidas diarias, agua, luz y servicio de internet para que puedan conectarse con sus familias.

Al anochecer, varios de los venezolanos albergados en Guayaquil se reúnen a conversar sobre sus días pasados de prosperidad y su presente de superación. Foto: Karly Torres | et

Las familias acogidas son contactadas en su mayor parte en la terminal terrestre de Guayaquil, donde hay una oficina del programa, que primero brinda asistencia prehospitalaria, y luego de una evaluación de su condición de vulnerabilidad se la deriva al refugio.

El perfil de los migrantes ha cambiado en un año. Al comienzo los huéspedes solo requerían quedarse unos cuatro días, explicó Borges; pero, ahora, debido a situación de vulnerabilidad se les da un tiempo de hasta quince días para que consigan un lugar digno donde quedarse.

Por su magnitud y servicios, en el Litoral es el único sitio de refugio de estas características.

El tiempo transcurre. Ya la hora de la merienda ha terminado. Son las 22:00 y todos los refugiados tienen que acudir a sus dormitorios a descansar sus angustias con la esperanza de que en los días siguientes sus aspiraciones de días mejores se concreten. (I)

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