Negocios antiguos sobreviven al tiempo en una calle de Cuenca

- 18 de marzo de 2019 - 00:00
Los viejos sombreros de paja toquilla tienen arreglo en la calle La Condamine. Patricio Albarracín utiliza instrumentos antiguos para reparar estas piezas que son parte del patrimonio de Cuenca.
Foto: Rodrigo Matute / EL TELÉGRAFO

Cortarse el cabello como en los años 60 es posible con Raquel Reyes. Los sombreros de paja toquilla tienen arreglo con Patricio Albarracín, y objetos de cobre son elaborados por Juan Gutiérrez. Ellos son parte del legado de la urbe.

Viejos oficios que tuvieron mucha aceptación en antaño, no han desaparecido en Cuenca. La calle de La Condamine es un referente. En este sitio aún se encuentran estos negocios que, además de convertirse en atractivo turístico, siguen atendiendo a sus clientes.  

Juan Gutiérrez Durán viene trabajando con el cobre, hojalata y el bronce desde 1983, pero su padre David (+) laboró en este sitio durante 60 años.

Varios elementos a base de cobre son creados por Gutiérrez en esta calle. Sus clientes, por lo general, son turistas nacionales y extranjeros.

Los hojalateros (cuatro) que aún subsisten en este sector de Cuenca ponen el brillo y la belleza en cada una de sus creaciones. Ellos permanecen en este sitio desde hace más de 60 años, cuando los cuencanos aún buscaban una buena paila de cobre, porque -según ellos- una buena fritada se cocina en  este tipo de utensilios.

Gutiérrez, quien es propietario de la tienda La Forja, señala que si bien el negocio ha decaído, siempre existen personas que gustan de elementos como: campanas, floreros, cantarillas, comederos, alambiques, pailas y esculturas.

“Mi padre fue el iniciador, pero conmigo termina esta generación de artesanos”, indica Gutiérrez, quien agrega que sus hijos tienen otras profesiones.

Metros más arriba está Patricio Albarracín. El hombre se apura con los sombreros de paja toquilla o de paño que sus clientes le han dejado para que les dé mantenimiento. Entre ellos está uno que tiene aproximadamente 100 años de creado. Lo cuida como a su propia vida.

“Debo arreglar y blanquear, con el tiempo se estaba dañando y es de mi mejor cliente”, confiesa.

Su padre al morir le pidió que continuara con este trabajo. Él aceptó. “Pero ya no va más porque mis hijos no quieren seguir este oficio”, manifiesta.

El ruido de la calle que une la parte baja de la ciudad con el Centro Histórico es intenso, pero eso no le quita las ganas de trabajar a Albarracín.

Una vieja peluquería al mando de una mujer
Raquel Reyes es una peluquera que ha laborado por más 30 años cortando el pelo y la barba de las personas en esta parte de Cuenca.

A un costado de su negocio está un sillón para atender a sus clientes, muchos de ellos sienten orgullo al posar en este mueble que ya cumplió 100 años.

Su anterior propietario, Guillermo Vázquez, se lo dejó de regalo. “Sirve todavía para trabajar con mis clientes”, comenta la mujer, mientras Fernando Villavicencio, un profesor universitario, se prepara a tomar asiento para un corte de pelo y barba.

“A más de la calidad humana de las personas que trabajan aquí, el espacio está lleno de recuerdos”, puntualiza Villavicencio, quien señala que este sitio es único en Cuenca. “Existen muchas barberías, pero no hay un espacio natural”.

Ya en el mismo Centro Histórico está Franklin Pazán, un hombre que no ha dejado el arreglo de relojes hace 30 años, incluso aún conserva sus viejas herramientas.

“Hay muchas personas que tienen relojes antiguos, que son a cuerda”, expresa. Recuerda que cuando llegó a este sitio cercano al mercado 10 de Agosto, había “un poco de cantinas en el lugar”

“Estos sitios deberían ser conservados porque son parte de la historia”, acotó el ciudadano Marco Pauta. (I)  

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