Jorge Palacios: "El cura César Cordero arruinó mi vida"

- 10 de febrero de 2019 - 00:00
Marco Salgado / EL TELÉGRAFO

Es cuencano, de 60 años, arquitecto y comerciante. Él vivió una historia de terror y fue el primero que denunció los abusos sexuales que sufrió por parte del sacerdote César Cordero. Su hermano menor, Juan, también fue víctima de ese prelado, pero no pudo soportarlo y se suicidó.

“Nací en Cuenca, en 1955, en el barrio La Salle. Mi familia era de ocho hermanos y muy pobre. Vendía  periódicos para ayudar a mis papás. 

Cuando tenía seis años, César Cordero, párroco de la Sociedad Obreros de la Salle, una entidad que ayuda a los pobres, llegó a mi casa.

Habló con mi mamá para que nos envíe a su escuela  sin pagar nada. Ella dijo que era un bendición de Dios.

Pero desde el primer día de clases empezó a mimarme y acariciarme. El cura Cordero, quien es nieto del expresidente de la República, Luis Cordero, hacía lo mismo con todos los niños. Algunos se retiraban porque no les gustaba. Los demás fuimos presa fácil de este párroco pederasta. 

Nos abrazaba y nos metía bajo su sotana. Él se apegaba a nuestros cuerpos y sentíamos lo lascivo que era.

Ese fue su modus operandi. Envió al portero a decirle a mi mamá que yo me quedaba en la escuela para recibir clases de catequismo.

Pero era mentira porque me llevaba a su habitación para abusar de mí. Yo era su preso, me violaba y sodomizaba. Fue una introducción carnal, poco a poco. Él se satisfacía, se masturbaba hasta que, al final, me penetró.

Él cura tenía sexo todos los días y con niños diferentes de su escuela. A mí me usaba cada mes.

Él creó un círculo de poder entre los trabajadores de esa institución: los porteros y los profesores sabían lo que él hacía, pero nunca nos  defendieron.

El cura Cordero construyó una sala de juegos al lado de su dormitorio para distraernos, allí había un futbolín.

Lo recuerdo sentado, tapado con un poncho, pero sin ropa. Llamaba  a un niño y lo metía debajo de su regazo. Luego iba a su dormitorio y llevaba  dos o tres pequeños. Incluso, nos pedía que un niño penetre a otro.

Cordero era un depredador sexual, un sádico y un psicópata. Todo eso ocurrió porque la sociedad, la Iglesia y la justicia callaron y permitieron esos abusos sexuales.

Mis compañeros se burlaban de mí y me insultaban. El cura puso un colegio y seguía violando a los jóvenes con total impunidad.

Cordero me rompió los esfínteres y yo no controlaba las ganas de ir al baño. Un día, me metí al Palacio de Justicia y traté de hacer mis necesidades en un hall, pero una secretaria me descubrió.

Entonces, me fui a la terraza y me di cuenta de que me gustaba el peligro porque caminaba en las cornisas.

Buscaba una explicación de por qué me dolía y me sentía así. Hasta que conocí al padre Guillermo Mensi, quien era director del colegio Técnico Salesiano.

Yo le conté lo que me pasaba y me llevó con él. Durante esos años, no dije nada a nadie más. No sabía que era prohibido porque me confesaba y comulgaba con el depredador sexual. Cordero decía que no era pecado. 

Sin embargo, yo no lloraba, buscaba chicas, jugaba básquet en la selección del colegio. Era becado, traté de superar todo esto y terminé los estudios secundarios a los 18 años.

Mis padres nunca sospecharon nada. Mi hermano Juan, el menor, también cayó con Cordero.

A Juan le gustaba jugar básquet como a mí y el cura  también lo mimaba.  No pude ayudar a mi hermano, fue muy lamentable para mí y mi familia. Callé y me alejé, me olvidé de todo esto.  Pero Juan se suicidó, a los 27 años, no aguantó, tomó veneno en Cuenca y dejó una carta.

Él creía en la vida después de la muerte y escribió que no podía soportar tanto sufrimiento. Mi hermano pequeño nunca dijo que el cura Cordero le violó.

Fui a la universidad a estudiar arquitectura y empecé a fumar marihuana. Primero como novelería, pero caí en ese vicio. En esos años, tenía otro entorno y le pedí a Dios que nadie supiera lo ocurrido.  Creí que era homosexual, pero me gustaban las mujeres mayores. Buscaba ayuda económica y no era despierto, me faltaban ganas de vivir y de trabajar.

Me gradué con dificultades porque la droga me afectó. Tal vez, en mi subconsciente, quería olvidar mi pasado.

A los 23 años me fui a Quito,  donde vivo hasta hoy. No conocía a nadie, pero tenía un título de arquitecto.

Mi mamá estaba feliz y me encargó a dos hermanas menores para educarlas. Luché por ellas, pero la droga me había ganado.

Sobrevivíamos, yo quería que ellas no soportaran la angustia de no tener para el arriendo o para comer. Seguí con el licor y fui consumidor hasta los 40 años.

Me casé y tuve tres hijas, mi esposa ha sido mi sostén.

Mis hermanas se fueron a Estados Unidos y enviaron remesas para mis padres y ellos mejoraron su vida. 

Mezclé la arquitectura con los negocios. Tengo un sex-shop para mujeres y parejas. Vivo desde hace más de 20 años de esa actividad, mis hijas se graduaron en la universidad.

Hace 12 años, cuando mi mamá vino a visitarnos a esta ciudad, le confesé cómo me violó el cura Cordero.  Ella no me creyó y mi hermana, que estaba conmigo, le dijo que era verdad.

Esa noche le conté que Juan  también fue abusado por Cordero, pero que él no pudo soportar ni superar eso y se mató.

En 2010 fuimos a la Fiscalía a denunciar al cura Cordero pero nos dijeron que el caso estaba prescrito.

Allí me dijeron: ¡Usted está loco, quiere ir preso! Le escribimos una carta al expresidente Rafael Correa. Él designó a José Serrano, exministro del Interior y de Justicia, para que siguiera mi caso.

Pero Serrano nos derivó a la Junta Cantonal de Derecho del Municipio de Cuenca, que no tenía mucho peso.

Después esa Junta recibió a  otros dos adultos que dieron testimonios como el mío. Ambos también sufrieron los abusos sexuales de Cordero.

La Junta expidió medidas cautelares para ese sacerdote  criminal. No pasó nada porque el poder lo protegió y desapareció el acta de la Junta, pero nosotros teníamos copias del documento, sin embargo, no avanzamos.

En 2017, el Municipio de Cuenca hizo una resolución para condecorar al párroco César Cordero por sus grandes obras de educador. Mi hermana reclamó y preguntó: ¿cómo así ese premio para ese pederasta?

Eso ayudó a visibilizar los crímenes de Cordero porque la gente conocía esos hechos, pero no decía nada. Él tenía que ser juzgado, no puede estar listo para el altar después de destruir las vidas de tantos niños y jóvenes.

A partir de eso, el fiscal  de Cuenca, Adrián Rojas, se vio obligado a iniciar una investigación, aunque no quería hacerlo. El poder político le dijo que recibiera la denuncia.

La Curia, encabezada por Luis Cabrera, exarzobispo de Cuenca, hoy de Guayaquil, encubrió a Cordero. Nosotros hablamos con él y le contamos lo que ese cura nos hizo y le pedimos que lo sacaran del cargo y de la Iglesia, pero Cabrera no hizo nada. La Conferencia Episcopal Ecuatoriana también lo tapó todo, aunque hubo otras denuncias, como la de Marcelo Alvarado. Él también sufrió lo mismo que yo e incluso denunció que Cordero había sido violento con otros niños. Les violaba y les decía: ¡Lárguense de aquí!

Pero Cordero estaba encubierto y tenía una áurea de santo. El arzobispo Cabrera no debe estar en Guayaquil ni al frente de ninguna provincia de este país.

El nuevo obispo de Cuenca, Marcos Aurelio Pérez Caicedo,  denunció al cura Cordero ante la Comisión de la Doctrina de la Fe, del Vaticano. Gracias a ello, la máxima autoridad de Roma envió a un obispo chileno para investigarlo.

El prebístero concluyó que Cordero era culpable de los abusos sexuales a niños y jóvenes, pero ese criminal contestó que no era verdad y negó todo. Al final, el Vaticano señaló que Cordero ya no era sacerdote y se lavaron las manos.

Los abusados hicimos una marcha en Cuenca, con unas 3.000 personas, para pedir Justicia. Cordero cometió esos crímenes repudiables, hoy tiene más de 90 años y está recluido en un hospital suyo. Pedimos una justicia que no llega”. (I) 

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