Fausto Llerena revive en cada tallado al Solitario George

- 17 de marzo de 2019 - 00:00
Fausto Llerena llegó a Galápagos a los 15 años, procedente de Tungurahua. Trabajó como agricultor y luego fue guardaparque en el Parque Nacional Galápagos, allí nació su amistad con George.
Foto: Silvia Murillo / EL TELÉGRAFO

Pese a que ya van a cumplirse siete años de la muerte del quelonio, su cuidador y amigo lo recuerda con nostalgia; todavía llora al hablar de él. Afirma que es como perder un familiar.

La vida de Fausto Llerena Sánchez, de 78 años, transcurre apacible en la finca La Dolorosa de su propiedad. Este terreno está ubicado en el recinto Los Guayabillos de la parroquia Bellavista, en Santa Cruz, Puerto Ayora.

El terreno, que cuenta con una pequeña villa, está ubicado en la parte alta de la isla; queda a unos 15 minutos del centro del poblado.

El ingreso es por una vía empedrada, adornada por plantas típicas de la zona y por el fruto que da la tierra: verde, yuca, también café.

La casa de don Fausto Llerena, quien cuidó por casi cuatro décadas al Solitario George, está enclavada en una especie de pequeña jungla, donde los verdes de la vegetación son la mejor decoración para su vivienda.

En la parte externa de la casa hay una modesta mesa donde don Fausto talla tortugas en madera. No se trata de cualquier clase de quelonios los que elabora en diferentes tamaños.

Él revive en cada tallado a su amigo, el Solitario George, la tortuga gigante única en su especie (Chelonoidis abingdonii), que murió el 24 de junio de 2012. 

También se da tiempo para darle forma a la madera con otras especies de la fauna silvestre. Esta actividad sumada a la siembra y cosecha en su finca han copado los cuatro años desde que se jubiló como guardaparque del Parque Nacional Galápagos.

Su trabajo por 43 años fue tan meritorio que en su honor existe el Centro de Crianza Fausto Llerena.

Cuenta que desde 1973 es propietario de La Dolorosa, un terreno que le adjudicó en ese entonces el ya desaparecido Instituto de Reforma Agraria y Colonización (IERAC). Allí pasaba con su familia todos los fines de semana y las vacaciones.

En su finca, de 35 hectáreas, cría unas cuantas reses. Él disfruta de esta actividad al aire libre. “Fue mi decisión venir acá a pasar el resto de la vida”.

Don Fausto abre el baúl de los recuerdos y de él se apodera la melancolía. Reseña que al Parque Nacional Galápagos llegó a trabajar el 1 de marzo de 1971; fue asistente del equipo de científicos por un año. Con ellos hacía expediciones a otras islas.

La finalidad de estos viajes era encontrar nuevas especies de tortugas y erradicar a la población de cabras que, para ese entonces, según rememora, ya eran más de 20 mil en la isla Pinta.

En uno de esos viajes -al que llevaron 3.000 balas para exterminar a las cabras-, Manuel Cruz (científico ganador del Premio Eugenio Espejo en 2016), quien en ese entonces era parte del Inocar, fue quien tuvo el primer avistamiento con una tortuga gigante en esa isla. Marcó el sitio y regresó con el equipo de investigadores.

Ese quelonio era George, quien fue trasladado hasta la estación científica Charles Darwin, en una embarcación llamada Cachalote, que navegaba por la isla Genovesa.

Don Fausto menciona que a George lo encontraron por noviembre de 1972, y que ya tenía unos 100 años. “No había nada preparado para él en la estación. Incluso no hay información del peso y tamaño cuando se lo encontró”.

Después de aquello empezó el vía crucis de hacer que el Solitario se reproduzca y prolongue su especie. Para el efecto, don Fausto viajó a Puerto Bravo (Isabela) para llevarle dos tortugas hembras a su amigo quelonio.

Todo intento resultó fallido, incluso recuerda que uno de los dos científicos (no especificó quién) que clonaron a la oveja Dolly también se le consultó, pero la respuesta fue negativa. Ellos no habían clonado reptiles.

Muy inteligente
Don Fausto guarda valiosos recuerdos de su entrañable George. Dice que de las tres personas que lo cuidaban, con él tuvo más afinidad.

“Yo siempre estaba al lado de él, y era una cosa increíble, se los ve rudos, están como una piedra, pero son inteligentes”.

Menciona que cuando iban periodistas y camarógrafos a hacer reportajes, el Solitario solo les concedía menos de cinco minutos y se iba.

Se emociona al rememorar que “él venía a encontrarme en la puerta; se paraba (en sus patas traseras) y asomaba la cabeza. Yo iba con la comida y él abría la boca como que quería decir algo”.

En muchas ocasiones -afirma- él lo iba a dejar en la puerta. “Yo salía y él iba atrás y de ahí se regresaba. Después el animal se hizo bastante amigable”.

Este hombre, de pelo entrecano, hablar pausado y quien es muy conocido y querido en el Archipiélago, recrea el día de la muerte del Solitario y la tristeza lo embarga. Su voz se entrecorta, respira profundo...

“Cuando se murió fue triste, estaba solito. Llegué y le dije: ¿estás descansando?, ¿qué te pasa?, no se movía; lo toqué y vi que estaba muerto, se me bajó la sangre a los pies y no atinaba qué hacer”.

Don Fausto guarda silencio y solo se escucha el rechinar de las llantas de un carro que ingresa por esa ruta hacia otra casa. El hombre trata de disipar su pena, pero su mirada se pierde en el vacío.

Su vida sin George
Para don Fausto, un tungurahuense que se estableció en Galápagos desde los 15 años, la muerte de la tortuga gigante le dejó un profundo vacío que aún no logra superar.

“Ya no hay quién venga a encontrarme ni quién me despida”, es la reflexión que hace cuando debe ir por algún asunto a la estación Charles Darwin.

De inmediato cita a Diego, el quelonio que, al contrario de George, se apareó tanto que salvó a su especie. “A él lo encontraron en la isla Española, lo hallaron cuando tenía ya 50 años”.

Con el personal del Parque Nacional Galápagos no ha perdido contacto, aunque señala que ahora hay gente nueva y que ya no conoce casi a nadie.

Ir al sitio donde reposa el Solitario embalsamado para él es muy doloroso. “Es una cosa muy triste verlo allí (en una vitrina, en una sala climatizada); enseguida me regreso (su voz se quiebra y no puede ocultar sus lágrimas)”.

Confiesa que perder a George fue como perder a un pariente. “Es como si hubiera muerto alguien de mi familia (sus ojos siguen llorosos”).

Y finaliza: “Esa es la historia de él, ahora está disecado, y con eso terminó la especie”. (I)  

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