El MIES y la Corporación Onozone promúsica lideran el plan

El canto mueve la vida de cientos de menores en 20 barrios de Quito (VIDEOS y GALERÍA)

El MIES y la Corporación Onozone promúsica lideran el plan
26 de abril de 2014 00:00

Damaris García se arregló mejor que de costumbre esa mañana. Llevaba puesta una blusa blanca, con flores bordadas de colores, y una pulsera tricolor en su mano derecha. Se roció perfume y trenzó su cabellera. Estaba nerviosa, pero más feliz que nunca porque ese 24 de mayo de 2013 cantó por primera vez en el edificio de la Asamblea Nacional.

Tiene 11 años, vive en el Comité del Pueblo, en el norte de Quito, y desde 2012 pertenece al coro ‘Los niños cantores del pueblo’, que reúne a varios pequeños en situación de riesgo y vulnerabilidad, para mostrarles una nueva opción de vida a través de la música y el canto.

Damaris recuerda ese momento con cariño. No imaginó estar en un sitio tan grande y conocer al presidente Rafael Correa, a quien solo había visto por televisión. “Casi se me sale el corazón. Siento que la presentación nos salió perfecta. Repasamos bastante para estar ahí. Sabíamos que mucha gente nos estaría viendo, así que teníamos que cantar muy bien”, manifiesta.

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El coro es parte de un proyecto de inclusión social liderado por la Corporación Artística Onozone Promúsica en alianza estratégica con el Ministerio de Inclusión Económica y Social (MIES). Actualmente, participan 300 niños y jóvenes de 20 barrios populares de Quito.

Rolando Valladares, director ejecutivo de Onozone, asegura que tienen logros extraordinarios. Por ejemplo, dice que el 97% de niños del coro está escolarizado y el 70% ha reducido las horas de trabajo infantil. Todavía se lucha con los niños betuneros del Centro Histórico de Quito.

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Desde 2008 que nació esta idea, los niños cantores del pueblo han desarrollado alrededor de 30 eventos comunitarios sobre sensibilización de derechos. También han grabado varios discos. Uno se titula ‘Herederos del futuro’, que contiene 10 canciones y en el que colaboran algunos artistas nacionales. En el repertorio están incluidas canciones sobre los derechos. Por ejemplo ‘Cómo será la Patria’, ‘ABC’ y ‘De pupo a pupito’.

Los cantores se reúnen de lunes a viernes, en horarios distintos. Algunos asisten a la sede de Onozone y otros a los Centros de Desarrollo Comunitario que están ubicados en los barrios. Un grupo técnico de 15 personas los guía.

Oliver Guamunshi tiene 14 y es uno de los chicos más antiguos del coro. Eso le ha permitido viajar a Guayaquil y Quevedo. Practica 2 veces a la semana y distribuye su tiempo entre el grupo, la escuela y la familia. Ha aprendido mucho la técnica vocal y la afinación. A Oliver siempre le ha gustado la música, pero desde que está en el coro es una de sus pasiones.

Verónica Ortega, su madre, dice que él ha cambiado. “Antes era un chico tímido, no le gustaba conversar ni salir. Desde que entró es más abierto. Para mí no es ninguna traba que asista a los ensayos”, comenta.

Esos cambios positivos son visibles también para María Augusta Abad, directora del coro. “La música cambia muchas codificaciones. Les quitamos la idea a los niños de que son pobres. Son ricos, son niños maravillosos. Son sumamente atentos y desarrollan su cerebro central de sobrevivencia”.

María Augusta tiene paciencia de hierro. Hace 2 semanas estuvo en el Centro de Desarrollo Infantil de La Pulida. Ahí varios niños, entre 5 y 16 años, cantaron frente a sus padres en un acto de unión por Semana Santa. Risas, voces, llanto se escuchaban en la sala, todos a la vez, sin parar; y solo la directora del coro supo controlar la situación.

No utilizó frases para referirse a los niños, solo juntaba las palmas imitando el ritmo de una canción. Y los chicos seguían el ritmo, terminaban la melodía y en 2 minutos, la sala estaba completamente silenciosa. “Con la música y los sonidos se logra captar la atención y causa bienestar. Además estoy segura que repetir frases y mensajes buenos hace que ellos vayan generando en sus cabecitas ideas positivas”, expresa.

Para ser un niño cantor del pueblo no es necesario tener habilidades previas en el canto, porque en la Corporación Onozone los profesores buscan potenciar todas las aptitudes, explica María Augusta. Es un requisito que todos estén estudiando y que, en lo posible, no se dediquen a trabajar.

Los encaminan para que no se descuiden de la escuela, aunque también, reconoce, hay menores que ayudan a sus padres a trabajar un sábado y un domingo, y eso resulta complicado controlar. “Seguiremos trabajando juntos porque nuestra meta es agrupar a cuantos niños sea posible para enseñarles que la música y el canto son pasos hacia la felicidad”, asegura la directora.

Los niños, que aprenden técnica vocal, afinación y respiración, cantaron en el Centro de Desarrollo Comunitario en La Pulida (Quito). Foto: Andrés Darquea│El Telégrafo
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