La convivencia ayuda a superar las adicciones

- 26 de enero de 2019 - 00:00
Los internos, en su mayoría jóvenes, cumplen con diferentes actividades en la semana. En la terraza del centro ellos reciben terapias psicológicas y leen libros sobre reflexiones. En las mañanas realizan tareas de limpieza.
Foto: William Orellana / EL TELÉGRAFO

En el centro de rehabilitación El Taller del Maestro los internos realizan tareas de limpieza y en las terapias vivenciales comparten su experiencia y sus motivaciones.

La casa amarilla de tres pisos con tejas rojas no tiene letreros que la distingan del resto de viviendas en las calles Novena y Domingo Savio; pero allí, 15 personas, la mayoría jóvenes, cumplen un plan de rehabilitación por su adicción a diferentes drogas.

En las mañanas el grupo realiza tareas de limpieza: al despertar arreglan la cama, doblan su ropa, barren el piso. Es una de las primeras actividades establecidas en un calendario que siguen.

Luego comparten sus historias de consumo en la terraza de la casa, donde funciona la cocina, pero también una sala de terapia en la que hay mensajes.

En el centro de El Taller del Maestro, que funciona hace 8 meses, aplican la terapia vivencial y hacen reflexiones como una forma de sanación. También dedican tiempo para la lectura de libros de autoayuda y superación.

Kléber T., de 51 años, lleva tres meses en el lugar y en febrero culminará el programa de rehabilitación. Su hijo fue quien lo internó.

Durante su estadía aprendió a reconocer su adicción a las drogas. A los 23 años probó por primera vez el  clorhidrato de cocaína.

Kléber no solo admitió tener una enfermedad, además decidió que quería recuperarse.

“No nos curamos nunca porque siempre vamos a vivir  con el deseo de consumir, pero dependerá de nuestra fuerza de voluntad decir no”.

Como parte de su terapia hizo un inventario de todos los traumas que ha vivido desde su niñez y que lo impulsaron a drogarse.

Escribió en dos cuadernos  de 100 hojas los momentos cuando comió desperdicios, vivió en un gallinero, golpeó  a su padre por la droga, violó a su propia esposa y maltrató a su hijo.

“Compartir mi vida hace que se libere mi dolor e incluso sirve para que mis otros compañeros se sientan identificados con lo que hice”.

Hoy solo anhela recuperar a su familia y su trabajo. Kléber se graduó como tecnólogo electrónico e instaló máquinas en hospitales.

Johnny P. tiene 31 años y ese mismo deseo: recuperar la confianza de su familia y conseguir trabajo.

En unas semanas cumplirá los tres meses. “Aquí me han enseñado a valorarlos, quiero una nueva oportunidad para ser un buen padre y una persona de bien”.

Precisamente, durante las terapias los jóvenes exponen sus vivencias y después de cada relato alzan la mano en señal de sentirse identificados.

El orientador José López, quien también fue adicto, explicó que en el centro se trabaja en cinco áreas, entre ellas la confrontación, donde los jóvenes hablan de su vida con las drogas y la conductual.

Allí aprenden a manejar sus impulsos a través de libros de autoayuda y de motivación y narcóticos anónimos. “Aquí el paciente viene a aprender. Cuando no asisten a estos grupos o vuelven a sus barrios de consumo se dan las recaídas. No viejos barrios, no viejos amigos”.

Recuperación para toda la vida
Kevin C., de 19 años, finalizó su rehabilitación hace un par de semanas, pero sigue vinculado al centro. Aún acude cuando se siente vulnerable y propenso a recaer.

Si esto ocurre es recibido por el director del centro, Washington Bello, a quien le dice padrino. Él también pasó por un centro para  limpiarse de las drogas.

Bello descubrió que era posible alejarse de los vicios y construir una nueva vida cuando hay voluntad. Durante 35 años usó marihuana, cocaína, inhaló pegamento, robó para obtener drogas cuando se le terminaban y estuvo preso. Hace 9 años está en recuperación.

Asegura que el centro no es un encierro, sino una casa de reposo. “Es importante que no cierren los centros porque se crearía un caos”.

A diario comparte la reflexión del día -por WhatsApp- a los jóvenes y sus familias para ponerla en práctica.

“Pasé por todo lo que ellos han vivido. Y si en el pasado me dediqué a destruir vidas, ahora quiero ayudar a construirlas con más elementos”.

Motivados a cambiar
Kevin asegura que recibir estos mensajes lo alienta a seguir su recuperación. Cuando cursaba el colegio, desde los 12 años empezó con el consumo de gasolina, luego continuó con la “H” y mezcló otras sustancias en busca de nuevas sensaciones. “Fui hachero por años. Mi mami ya no cree que voy a dejar las drogas”.

Kevin ha pasado por 8 centros de rehabilitación donde reconoce que no contaba con las condiciones ni el trato adecuados. Está convencido de que al dejar las drogas su vida cobrará sentido.

Se siente saludable. Su consumo ocasionó problemas de calcificación en los huesos. “El doctor me dijo que mi abuela tenía más calcio”.

Según Carlos Sánchez, médico del centro, los chicos llegan con diferentes patologías: gastritis, tuberculosis, hepatitis. Los jóvenes reciben atención médica una vez a la semana y, de ser necesario, los derivan a un hospital.

Marlon, de 28 años, lleva comida cuando visita el centro. Él cuenta que consumió todo tipo de drogas y fue detenido por delinquir. Pasó por varios centros de rehabilitación para superar su adicción.

“Aquí encontré sentido a mi vida. Antes me pasaba comiendo basura, tomaba agua de las alcantarillas. Ahora ayudo a mi viejita en el negocio que tiene”.

Actualmente los jóvenes, junto a su padrino, ven la diferencia entre el pasado y su presente en las fotos donde lucían irreconocibles, por el peso que perdieron y sus rostros demacrados a causa de su adicción a las drogas. (I)  

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