Reparadores de calzado, un oficio en extinción en Guayaquil

- 12 de julio de 2019 - 15:01
Carmilo Rodríguez trabaja en uno de los pocos talleres de reparación de calzado que sobreviven en la ciudad.
Fotos: Danny Mera / Medios Públicos

Sentado en un viejo taburete, en medio de zapatos, lonas, tintas y herramientas, Antonio Peralta coloca pegamento en unos usados zapatos de mujer.

Don Toño, como es conocido entre sus amigos, espera unos minutos que seque la goma y luego con cuidado ubica una nueva plantilla al calzado y le da una cosida. Un toque final de brillo y los zapatos quedan como nuevos.

Una señora se acerca y después de pagar dos dólares por el trabajo se retira contenta del lugar por la calidad del trabajo y el precio.

Así transcurren los días de este artesano, propietario del taller ‘Los Competidores’, situado en las calles Alcedo y Lorenzo de Garaicoa, uno de los pocos establecimientos de este tipo que aún atienden en el centro de Guayaquil.

El hombre de 65 años señala que los últimos 30 los ha dedicado a este oficio, que le ha permitido mantener su hogar. No obstante, dice, en los últimos años los ingresos se han venido en picada por la poca demanda de su trabajo.

Don Toño asegura que el ingreso de gran cantidad de zapatos de China, Perú y Colombia a precios bajos y el alto costo de los materiales de zapatería han provocado la crisis en este gremio.

Señala que son pocas las personas que desean arreglar sus zapatos, pues existiendo en el mercado unos baratos prefieren comprar unos nuevos.

Considera que este oficio entró en un proceso de extinción en la ciudad. “Muchos colegas han cerrado sus locales y se han dedicado a la albañilería porque este oficio ya no es rentable”, manifiesta.

El hombre, quien ha sido dirigente del gremio de artesanos zapateros, comenta que de los cinco trabajadores con que contaba ahora solo se quedó con dos.

Según la Asociación de Artesanos del Calzado Nueve de octubre la situación del gremio es complicada. Solo en el último lustro al menos un 70% de locales de reparación de calzado han cerrado en la ciudad.

Igual situación afrontan los fabricantes locales. Hasta hace unos pocos años habían unos 30 productores de calzado en la ciudad que entregaban unos 500 pares semanales, pero ahora no hay ni 10 de esos fabricantes.

Dirigentes coinciden en que esta situación se debe al ingreso que consideran “desmedido” de calzado de China y otros países vecinos a menor precio, lo cual les resta competitividad.

Peralta cree conveniente dictar una medida arancelaria para que los precios del calzado nacional y extranjero se pongan casi a la par y así no exista ese desbalance, que -según dice- los perjudica.

Con ese criterio coincide Camilo Rodríguez Lino, artesano quien espera sentado en el portón del negocio donde labora a la espera de un cliente.

“Está difícil la situación. La mayoría de los días toca esperar. La gente ya no quiere arreglar sus zapatos, prefiere unos nuevos”, lamenta.

Este trabajador del taller ‘Cosedora Castillo’, situado en Pedro Moncayo entre Colón y Sucre, señala que colocar una suela de zapato moderno cuesta de 10 a 12 dólares, dependiendo de la calidad del material, pero en cambio los zapatos chinos se encuentran por 10 dólares. “¿Cómo competir?”, cuestiona.

Además cree que hay otro ingrediente que incide en la crisis del sector: “Las nuevas generaciones ya no desean lucir zapatos reparados. Los jóvenes quieren lucir zapatos totalmente nuevos”, comenta.

Rodríguez, de 52 años, quien ha dedicado los últimos 35 años de su vida a este oficio de reparación de calzado, cuenta que en los últimos tres años cerraron sus puertas varios negocios cercanos de amigos.

“Unos compañeros que trabajan en un taller a la vuelta de la cuadra ahora trabajan cargando materiales de construcción”, deploró este migrante manabita, quien es el único trabajador que queda de los cinco que laboraban en la cosedora.

Con nostalgia, Rodríguez recuerda los años cuando la vieja máquina cosedora no paraba de sonar por la cantidad de trabajo; ahora solo el sonido de una cumbia de antaño que sale de una vieja radiograbadora invade el local. (I)

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