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Han pasado 4 años desde que el colegial fue impactado por una bomba lacrimógena

El exestudiante Édison Cosíos ya se comunica con su mano derecha

El 65% del cerebro del joven Édison Cosíos está afectado por el accidente, pero hoy su progreso es evidente. Foto: John Guevara / El Telégrafo
El 65% del cerebro del joven Édison Cosíos está afectado por el accidente, pero hoy su progreso es evidente. Foto: John Guevara / El Telégrafo
08 de julio de 2015 - 00:00 - Redacción Sociedad

Al mirar a Vilma Pineda es difícil imaginar que es la misma mujer que hace 3 años se encadenaba al cerramiento del colegio Mejía, en el norte de Quito, para exigir que el caso de su hijo, Édison Cosíos, no quedara en la impunidad. Habla despacio y con tranquilidad para una persona que ha luchado tanto en estos años.

El 15 de septiembre de 2011, el entonces estudiante del colegio Mejía cayó en un profundo estado vegetativo al ser impactado por una bomba lacrimógena, disparada por el exteniente Hernán Salazar, durante unas manifestaciones.

“Lo que se extraña son esos instantes que pasábamos juntos, salíamos aunque sea a tomarnos un helado. Mi esposo es mi gran apoyo, él me ayuda a hacer todo lo que se necesite fuera de este cuarto”, dice Vilma y con la mirada recorre la habitación de Édison.

Un cuadro con la fotografía del argentino y comandante de la Revolución cubana Ernesto ‘Che’ Guevara cuelga de la pared.

Además de las cartas de felicitación, globos y fotografías que sus amigos le entregaron en su cumpleaños a finales del mes pasado.

Ese día sus amigos, incluso el presidente Rafael Correa, llegaron a su casa para felicitarlo y celebrar sus 21 años.

Édison tiene argumentos suficientes para festejar cada año de vida porque su recuperación ha sido un milagro.

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Después de que el golpe afectara el 65% de su cerebro, lo que ocasionó que estuviera en estado vegetativo por un año y medio, ahora se comunica con su mano derecha y hasta coquetea con las chicas. “El avance es mucho porque primero solo movía los dedos para comunicarse, ahora da la mano y si ve chicas da besos volados. Si cree que son bonitas pide que le den un beso en la boca y si no son tan bonitas solo en la mejilla”, cuenta, entre risas, la mamá.

Cuando sus amigos lo visitan y cuentan alguna anécdota es sobre las ocurrencias de Édison. Siempre lo recuerdan como el más juguetón tanto en la casa como en el colegio; a cada momento bromeando y ‘vacilando’ a las personas.

Algo que destaca Vilma es que a pesar de las circunstancias su hijo mantenga intacto su sentido del humor.

En realidad, la primera señal de salir del estado vegetativo fue cuando sonrió: “Un día le contaba a la enfermera cómo le encantaba molestar a su abuelito, cuando de repente ella me dice que lo mire y Édison tenía una sonrisa increíble en su rostro”.

Hay días en que también está de mal humor o se deprime por lo que no quiere interactuar con la gente. Por eso su madre nunca se despega de él, ni siquiera en las terapias. Ahora su vida se ha vuelto la de Édison y para ellos cuenta con la asistencia médica del Gobierno.

El joven, que antes del accidente quería estudiar psicología clínica, recibe 4 tratamientos distintos al día: terapia psicológica, física y respiratoria. Las enfermeras lo cuidan las 24 horas y cada cierto tiempo lo visita un neurólogo.

Debido a su delicado estado de salud, tomando en cuenta que ha tenido 10 operaciones de cerebro, sufrió de meningitis y desnutrición, debe comer cada 3 horas, desde las 07:00 hasta las 22:00 que duerme.

Esa es una de las razones por las que desistieron de ir a la misa campal que celebró ayer el papa Francisco en el Parque Bicentenario.

Su padre, Manuel Cosíos, quien trabaja en una fábrica para mantener a la familia, averiguó el trámite que debían hacer para que Édison pueda participar de la ceremonia desde el área destinada para personas con discapacidad, pero al darse cuenta de los riesgos a los que hubiera estado expuesto su hijo prefirieron mirarlo por televisión: “Nuestro deseo era que venga el Papa, aunque sabíamos que era imposible”, dice.

Un cartel del Sumo Pontífice se encuentra pegado en el clóset, al lado izquierdo de la cama, donde está acostado Édison.

Vilma lo mira y con lágrimas en los ojos se encomienda a Dios: “Como madre lo único que le pido es que mi hijo no sufra y que si algún día se lo permite que se levante de esta cama. Pero si esto no es posible, que Dios le dé la fuerza para aceptar. Sería feliz solo con saber que él no sufre porque ha aceptado su discapacidad y la va a poder sobrellevar”. (I)

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