Si hay un rasgo que comparten las grandes ciudades es su heterogeneidad, una característica que está muy relacionada con la presencia de personas de diferentes procedencias. Este elemento mantiene, de alguna forma, el dinamismo del medio urbano y contribuye a configurar urbes más diversas. Estos factores siempre jugarán a favor del crecimiento económico de las metrópolis que se han convertido en un refugio para quienes dejan sus provincias en busca de oportunidades.
Una constante de la población de Quito es la diversidad de orígenes, la cual ha dado lugar a un entorno de coexistencia, convivencia y de mestizaje. La capital se enriquece con los recién llegados y con aquellos que se radicaron hace ya muchos años y que sienten a esta ciudad como propia. Algunos consideran que es una ciudad de chagras, un término que resurgió en el contexto urbano de Quito en las primeras décadas del siglo XX. Con esa palabra, la clase media y alta de la capital se refería a los migrantes no indígenas provenientes del campo, de los pueblos y de las ciudades pequeñas. En cambio, para los provincianos ser chagra significa tener un origen distinto, con sus valores y costumbres propias, más apegadas a las tradiciones. ¿Qué sería de Quito si no fuera por los chagras? Gracias a ellos se han forjado nuevas formas culturales que han coadyuvado a generar un verdadero crisol urbano.
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