Cada vez que se cierra un ciclo, surge la necesidad de recurrir a las cábalas y practicar toda clase de ritos que parecen prepararnos el camino del año que está por empezar. En las comunidades indígenas, el solsticio de invierno es considerado un renacer; es el período del año en que la naturaleza se renueva. Pero no solo ella, también los seres humanos.
Para el mundo indígena, el Año Nuevo es considerado un momento primordial, porque el ser humano y naturaleza pactan su vida en armonía. Para el mundo occidental, el momento de la renovación, de los buenos propósitos es el 31 de diciembre, el último día del año, según el calendario gregoriano.
Al regirnos por este anuario, aceptamos que el 1 de enero es el primer día del año, pero, en realidad, hay muchos años nuevos que están regidos por el calendario lunar o lunisolar como es el caso del calendario chino. Los judíos llevan otra cuenta y celebran su año nuevo con el Rosh ha-shanah en septiembre o comienzos de octubre.
Aunque las fechas no sean las mismas, la mayoría de las civilizaciones han compartido el interés por la práctica de los rituales para despedir el año. La intención en muchos pueblos indígenas era que los próximos
ciclos fueran favorables.
De alguna manera, los rituales permiten dar un valor distinto al inicio y fin de cada ciclo; nos conectan con las creencias que consideramos perdurables, pero sobre todo, con nuestro sentido de pertenencia a un grupo. Nos vinculan al pasado y nos comprometen con el futuro.
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