Pocas enfermedades provocan tanto impacto en el contexto social, cultural y familiar como el cáncer. El dolor no solo quebranta las defensas del organismo, también los ánimos de las familias que acompañan a los pacientes. En la larga trayectoria de la enfermedad, el cáncer no solo socava el sistema familiar por prolongados períodos, sino que la respuesta de la familia a este desafío tiene un efecto profundo en la calidad de vida de la persona que vive con un diagnóstico clínico desfavorable.
En repetidas ocasiones, las personas que acompañan a quienes padecen dolencias crónicas y devastadoras pasan por ciclos repetitivos de desamparo, frustración, enojo y, por supuesto, de inconformidad. Cuando la enfermedad se instala en los hogares, los familiares, de alguna manera, crean nuevas habilidades y capacidades para sobrellevar problemas no aprendidos y no conocidos hasta ahora. Tarde o temprano los hogares enfrentan crisis, provocadas por una enfermedad que, muchas veces, no terminan de entender.
Hay casos en los cuales la dolencia es percibida con un sentido no exento de ambigüedad, porque puede actuar como elemento desintegrador y al mismo tiempo como un agente cohesionador de la familia.
Durante décadas, los médicos oncólogos han insistido en el hecho de que las familias tienen una adaptación más exitosa cuando modifican su vida para incluir, en lugar de eludir, situaciones difíciles resultantes de la enfermedad. Es una oportunidad para repensar qué es lo importante en la vida y qué lo trivial.
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