Los indígenas hicieron de Machala su capital
El reloj marca las 05:50, y María Chicaiza, una comerciante está rumbo al Mercado Central de Machala, donde por más de 20 años tiene una distribuidora de víveres. En 1997 slió junto con su esposo Pablo Sigcho (ambos con 24 años en esa época), de su natal Tixán, en la provincia de Chimborazo, en busca de un trabajo que le permita mejorar sus ingresos.
Con el poco dinero que tenían, montaron su carreta y se asentaron en las calles Nueve de Mayo y Olmedo. Ofertaban legumbres y frutas. Realizaron este trabajo por 8 años hasta que arrendaron un local aledaño, donde ahora tienen un centro de abastos.
“Hasta ahora estamos aquí en el local, nos va bien, no podemos quejarnos. En esta ciudad (Machala), hemos procreado a nuestros 3 hijos: Juan, Estela y Santiago. Aunque no cabe duda que se extraña la tierra donde nací, con sus páramos y el aire puro”, dijo la mujer quien mantiene su vestimenta indígena, con su anaco y zapatillas, pero lamenta que sus hijos no quieran vestir así, pues al estar en Machala van perdiendo su identidad.
A diferencia de la familia Chicaiza, los 5 hijos de María Marcela Yumbay, quien llegó a Machala en 1980 acompañando a su esposo, que era obrero en una fábrica de tubos, lleva la vestimenta autóctona de su tierra. Incluso en 2004 —afirmó Yumbay—tuvo que luchar en los colegios para que les perimitan asistir a clases con su ropa tradicional.
Recuerda que alquilaron un cuarto en el barrio Velasco Ibarra, donde vivieron por varios años. En ese lugar, las fuertes lluvias inundaban su hogar, el agua les llegaba hasta la cintura.
“Eso nunca vimos en nuestra comunidad”.
La mujer, proveniente del páramo situado entre las provincias de Chimborazo y Bolívar, explicó que el cambio de clima afectó su salud, pero con lo que más tuvo que lidiar fue con el rechazo que existía en la capital orense hacía la cultura indígena.
“Tuve que ponerme una falda para estar a la par de la gente de la ciudad, yo vine acá con mis anacos (ropa indígena) pero las personas se me reían”.
Estudió hasta tercer año de colegio, y su esposo, César Yallico, culminó la escuela, pero eso no fue impedimento para que la pareja salga adelante. Llevan 36 años en el territorio machaleño y a lo largo de ese tiempo han trabajado duro. Actualmente poseen un bus de la cooperativa CIFA Internacional. Ella recuerda que cada fin de semana su padre levantaba a toda la familia a las 02:00 para cargar los sacos de papas y llevarlos al mercado para comercializar.
Al llegar a Machala, al igual que la mayoría de indígenas, se dedicó al comercio de legumbres, ropa, etc., pero quiso hacer la diferencia y luchó para que su cultura sea respetada en Machala y la provincia.
Su hija, Sisa Pacha, una abogada que actualmente trabaja en la Fiscalía de El Oro, es recordada en el colegio Ismael Pérez Pazmiño, debido a que su madre luchó hasta conseguir que la aceptaran con la vestimenta propia de su cultura, ya que los directivos no la recibían con el anaco. (I)
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