El Telégrafo
Ecuador / Domingo, 31 de Agosto de 2025

Antonio Muñoz Borrero el cónsul nombrado ‘Justo de las Naciones’

Al iniciarse la II Guerra Mundial, era diplomático en Suecia

La actuación de los cónsules sudamericanos durante la Segunda Guerra Mundial ha sido muy cuestionada a lo largo de los años. Autores como Daniel Rafecas, especialista en los horrores del Holocausto, señala en su artículo ‘Latinoamérica siglo XX, ¿refugio de la nueva diáspora judía?’ que hubo varios cónsules ecuatorianos que se aprovecharon de la situación en Europa para enriquecerse cobrando altas cantidades de dinero por otorgar visas a judíos para que pudieran entrar al país. Estas afirmaciones deben ser discutidas y confrontadas con las actuaciones de cónsules como José Ignacio Burbano y Manuel Antonio Muñoz Borrero. La posición de varios países latinoamericanos ante una masiva migración desde Europa fue disímil. Argentina y México limitaron la entrada de judíos mientras que países como Bolivia y Ecuador facilitaron su entrada.

Para este propósito las reformas en las leyes vigentes eran necesarias y así sucedió, aunque eso no cambió la opinión personal sobre este asunto de altos funcionarios de Estado. El caso más claro fue el del Ministro de Relaciones Exteriores Dr. Julio Tobar Donoso, quien, a pesar de las leyes vigentes, dio órdenes expresas en Circular Reservada de diciembre de 1939 para que se limite al máximo la entrada de judíos al país. En este contexto, varios de los cónsules en Europa obedecieron la orden enviada desde el ministerio mientras que otros desatendieron aquellas palabras por motivos humanitarios, arriesgándose a perder su carrera.

Se ha reservado destinos impresionantes para algunos hombres, este es el caso del cuencano Manuel Antonio Muñoz Borrero nacido en 1891. Hijo de Alberto Muñoz Vernaza, ilustre cuencano, de quien dice Gerardo Martínez en su libro Pasaporte a la Vida, en el que narra la vida de Muñoz Borrero que fue: “Político, historiador… soldado con más de 30 acciones de armas al mando de tropas, diplomático, exiliado por sus opiniones, industrial y economista autodidacta, Alberto Muñoz Vernaza es una de las personas que dibujan la fisonomía de Cuenca de todos los tiempos”.

A Manuel Antonio la historia lo ubicó en el lugar indicado y en el tiempo justo para cumplir una significativa tarea: colaborar con la salvación de la vida de decenas de judíos perseguidos por el régimen nazi. Muy joven acompañó a su padre a Colombia, donde este había sido designado ministro plenipotenciario y embajador extraordinario. En Bogotá se graduó de doctor en Jurisprudencia y Derecho Internacional y cumplió su trabajo de adjunto civil de la Legación del Ecuador. Su carrera tuvo un ascenso muy rápido, en 1931 fue enviado como cónsul de Ecuador a Estocolmo, pero, en 1935, cambió su cargo por el de cónsul honorario en ese país.

Manuel Muñoz y el conflicto con la Cancillería de Ecuador

En 1939 la guerra lo sorprendió en Suecia mientras desarrollaba su trabajo como cónsul honorario. El Dr. Efraim Zadoff fue el historiador que investigó la actuación del Dr. Muñoz Borrero y al finalizarla presentó en nombre de 5 familias de sobrevivientes a Yad Vashem, la Autoridad de Recordación de los Mártires y Héroes del Holocausto en Israel, el pedido de reconocimiento como Justo de las Naciones. En su artículo ‘Pasaportes de Ecuador’ para la protección de judíos en la Shoá describe los acontecimientos más destacados sobre la actuación de Muñoz Borrero. La situación en Europa para los judíos se complicaba a medida que avanzaba la guerra y en contraparte también aumentaban las organizaciones judías mundiales que se ocupaban del salvamento de judíos y que mantenían sus bases de operaciones en Suiza y Suecia países que se mantenían neutrales. Zadoff explica que existían 2 tipos de documentos: el clásico pasaporte y el segundo denominado ‘promesa’ “en el que constaba que su portador era ciudadano de un país de América Latina y que al presentarse en el consulado correspondiente recibiría visa de inmigración [pero] ni los judíos ni los diplomáticos que emitían los documentos consideraban que estos documentos serían utilizados para emigrar a los países en cuyo nombre habían sido emitidos…”.

En 1941 se cerró totalmente la posibilidad de salir de Europa y fue precisamente en ese año cuando empezaron los procedimientos de Muñoz Borrero para entregar pasaportes a judíos apátridas que perdieron su nacionalidad con las Leyes de Nuremberg; entonces, ¿de qué servían aquellos documentos? Como se señaló, Ecuador tuvo una política de Estado muy abierta en cuanto a la recepción de migrantes, aunque con excepciones. En 1941 Muñoz Borrero recibió instrucciones para negociar y tramitar la inmigración de 80 personas, en su mayoría judíos, al Ecuador.

Zadoff describe este episodio un poco confuso así: “Muñoz Borrero consideró que si este grupo había recibido visa para ingresar a Ecuador, podía enviarles pasaportes ecuatorianos para que en Estambul completaran los datos necesarios y sus fotografías, y así tener la posibilidad de conseguir visas y arribar a su destino… el grupo estaba representado por un judío, Józef Wentland, quien solicitó que enviara los pasaportes mencionados, firmados y en blanco, al consulado chileno en Estambul… al recibir los pasaportes, Briones Luco (encargado del comercio de Chile en Turquía) notificó del hecho a su cancillería…”.

Al llegar estas noticias a Quito se pidió que se investigue la actuación del cónsul Muñoz Borrero en este caso, pues en la época era muy común el comercio de pasaportes y visas, lo que planteaba grandes problemas para los países emisores. Cuando empezó la investigación sobre el tema de los documentos enviados por Muñoz Borrero para las 80 personas, desde Quito negaron conocer el asunto y sin escuchar explicación alguna removieron al cónsul de su cargo pidiendo además al gobierno sueco que abriera una investigación en su contra, lo que no pasó en la práctica, pero los pasaportes fueron devueltos a la embajada ecuatoriana. (O)

Un tema vigente en el mundo actual

En 2015 se conmemoran 70 años del final de la Segunda Guerra Mundial. No han faltado las celebraciones en los países vencedores, los homenajes a los personajes que fueron parte del triunfo aliado y, por supuesto, se ha recordado de varias maneras el terrible genocidio del pueblo judío conocido como el Holocausto.

Estas celebraciones se presentan en el contexto, según dice la prensa europea, de una migración masiva de personas de África y Medio Oriente solamente comparable con el éxodo ocurrido durante los años de la Segunda Guerra Mundial y que movilizó a millones de personas a través del mundo, incluyendo a Ecuador.

Nos planteamos varias preguntas, entre ellas, si la guerra ha desaparecido o solamente se ha trasladado a otro lugar del mundo, algunos pensadores lo han afirmado y la historia se repite nuevamente con otros rostros. Ante esta situación ¿Qué deberíamos hacer?

Hace más de 70 años el Ecuador abrió sus puertas a un grupo de personas, judíos y no judíos, para que pudiesen salvar sus vidas y encontrar un nuevo hogar. Muchos lo hicieron y son parte de nuestra historia.

Fueron pocos los países del mundo que mostraron un rostro humano en la crisis de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo las personas que arriesgaron su trabajo y su futuro por los refugiados, ya que no más de un puñado de gente logró huir de la barbarie. ¿Acaso es momento de repetir esta parte de la historia? (O)