Recicladores tienen un sitio para el comercio de todo lo recopilado

29 de octubre de 2011 - 00:00

En la avenida El Inca, a la altura de la entrada a Zámbiza, están 22 comercializadores de reciclaje, quienes a diario reciben a un promedio de 200 “obreros de la calle” para comprarles el material  recolectado.

Unos durante la noche y otros en el transcurso de la mañana van llegando a las 22 casetas de cuatro metros de ancho por 6 de largo, en donde acopian distintos tipos de materiales.

En un revoltijo de plásticos, botellas, maderas, periódicos, cartones, pomas, baterías, electrodomésticos, varillas y alambres se encuentra el sustento de cientos de familias que  viven de lo que genera el reciclaje.

Para muchos, los desperdicios se botan y de ahí no hay más que hacer, pero para un reciclador “la basura es plata” y de ahí empieza el camino hacia la búsqueda del sustento.

Clemencia Chiluisa  lleva 20 años recogiendo papel y cartón para alimentar  a sus hijos. Ella ve en los desperdicios una mercancía de venta.  Frente a cada apestoso montículo  que aparece en su camino empieza la misma operación: observa, rebusca, palpa y, finalmente, selecciona lo que le sirve para vender.

Eli Zambrano, presidente de la Asociación de Recicladores, afirma que en la ciudad  solo el 5%  de la población recicla, el resto  recoge toda la basura en  una  funda sin clasificarla.

“Pocos miran con aprecio a los recicladores, aunque ellos, además de mantener a sus familias, colaboran con la conservación del medio ambiente”, expresa.

El 67% de los recicladores es de migrantes que trabajan con toda su familia entre 5 y 6 días por semana y durante más de 8 horas diarias.

Un kilo de cartón cuesta 20 centavos, las baterías viejas a 50 centavos el kilo, las botellas plásticas,  12 centavos el kilo; y los plásticos, a 15 centavos. Luis Cabascango compra el material reciclado desde hace 10 años. Invierte dos mil dólares diarios en este negocio.

La inversión es recuperada el mismo día, debido a que los mayoristas llegan al lugar para comprar al por mayor y de ahí trasladar a las fábricas en donde se procede a la reutilización.

El ciclo se repite día tras día, sin horario ni feriados, mientras los habitantes de la zona ya se han resignado a observar esta actividad, que al ser bien manejada no produce malos olores ni infecciones.

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