El barrio preferido por los migrantes cubanos

01 de octubre de 2011 - 00:00

De cuatro años para acá, el modo de vida en el barrio La Florida, al norte de la capital, ha cambiado radicalmente. Las calles vacías y tranquilas  con las que contaba la zona han sido reemplazados por el ruido, el ambiente caribeño y la actividad comercial.  

La razón es la presencia de nuevos moradores, en su mayoría cubanos, que han escogido esta zona para hacer de ella su residencia e implantar sus costumbres o al menos combinarlas con la de los  ecuatorianas.    

La llegada de los extranjeros amplió la demanda de locutorios, cibers, restaurantes, peluquerías y tiendas de ropa. A simple vista, la pequeña zona  en poco se diferencia de cualquier otro barrio de la capital, pero se distingue por la singular forma de hablar de quienes transitan por el sitio.  

Germán Pirilla atiende una de las diez tiendas de servicio de Internet que hay en la zona. Él tiene su negocio desde hace seis años y sostiene  que con la llegada de los migrantes su negocio despuntó con fuerza: “antes solo hacían llamadas locales, pero ahora la demanda por la llamadas internacionales es constante, y más hacia Cuba”.

Hay quienes se han beneficiado con su llegada, pero a la vez hay quienes se molestan por los cambios que se perciben en el sector.

Raúl Betancourt vive desde hace 70 años en el barrio y dice que con la llegada de los “visitantes”  las cosas han cambiado.

El hombre sostiene que no se puede pasar por las veredas con tranquilidad, pues los migrantes tienen la costumbre de conversar en voz alta en las esquinas y no ceden el paso a los transeúntes, por lo que se ven obligados a  bajar la vereda y caminar por la calle.

“En la Isla  (Cuba) la gente es extrovertida y bulliciosa, se parece al habitante costeño del Ecuador, y esa forma de ser choca a veces con la manera de comportarse en ciudades serranas como Quito”, anota.

Enrique Saavedra, morador de la calle Florida, señala que los vecinos han tenido que salir de su sector para disfrutar de restaurantes de comida nacional. Ahora la mayoría son negocios de cubanos y ellos imponen sus costumbres gastronómicas en sus locales.

El estilo de vida cubano se abre paso sin ningún sigilo en el barrio quiteño, sobre todo cuando sus residentes vuelven de trabajar en los bares y restaurantes de La Mariscal,  principal fuente de empleo de ellos. Los moradores también se quejan de que los nuevos vecinos suelen realizar   fiestas en los mismos locales de sus negocios, lo que genera bulla.

Saavedra cree que el barrio necesita más control, en especial los fines de semana, cuando  organizan grandes fiestas  en  los restaurantes del lugar.

Los migrantes han sido atraídos al lugar porque es céntrico y apto para el comercio.

Marcos Bastidas habita desde hace  46 años en el sitio y aclara que los cambios saltan a la vista. La zona es más comercial que antes. Los locales de lavanderías han aumentado. Ahora hay ocho tiendas.

El barrio de La Florida tiene su atractivo en la  Calle Antonio Costa, entre Román y Fernando Corral, donde se ha hecho  un sorprendente hallazgo, un  museo in situ que permite apreciar unas intrigantes tumbas a 15 metros de profundidad, las cuales nos revelan datos sobre los pobladores de Quito antes de la llegada de los españoles e incluso de los Incas. El Museo está  en las faldas orientales del volcán Pichincha.  Adalberto Pérez, un cubano residente en la zona, pide comprensión ciudadana, ya que la forma de ser de sus compatriotas es alegre y bulliciosa, pero asegura que todas son personas de bien.

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