Cuando se vive la infancia llevando la calle a cuestas

11 de diciembre de 2011 - 00:00

Con algo de frío y los ojos semicerrados, Josué, de 6 años, camina junto con su madre por la Av. Eloy Alfaro, una de las más transitadas de Quito. Con un pantalón café muy desgastado, que no lo cubre por completo, una camiseta que alguna vez fue blanca y un suéter azul que le llega hasta las rodillas, Josué comienza su día de trabajo.

Con esfuerzo carga sobre su cuello una soga que sostiene una caja de madera en donde tiene tabacos, chicles  y varios dulces. Son las 7 de la mañana, Josué y su madre caminan algunas cuadras para llegar a su esquina de trabajo; durante el camino, ella le recuerda que debe esperar a que el semáforo se ponga en rojo para acercarse a los carros a vender.

Sin embargo, su pequeña estatura impide incluso que quienes manejan alcancen a divisarlo, por eso en ocasiones su madre le señala que camine hasta un parterre por donde los peatones cruzan, es más fácil que venda ahí, explica  Mariela, de 29 años.

Josué es el menor de tres hermanos, Jairo tiene 10 y Jonathan 8. Ellos dos trabajan lustrando zapatos, suelen estar afuera del Ministerio de Agricultura, pero en ocasiones se alejan por varias cuadras para buscar más clientes. Jairo y Jonathan estudian por la tarde; con lo que ganan compran cuadernos. Para  la escuela que van no necesitan uniforme... un gasto menos.

Jairo y sus hermanos forman parte de los registros que, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), es de 7.000 niños trabajadores a nivel nacional, de los cuales el 7% se encontraría en Quito. Sin embargo existen varios tipos de niños trabajadores. En Quito, por ejemplo, en  el Centro del Muchacho Trabajador (CMT)  se atiende a niños y a sus familias... es decir, se trata de menores que no han perdido el vínculo familiar; viven con sus padres, por lo que su trabajo es para ayudar en sus hogares, debido a las bajas remuneraciones que reciben las cabezas de la casa, quienes, por lo general, se dedican al trabajo doméstico y a la albañilería.

En este lugar, cerca de 700 niños reciben educación escolar y alimentación. Dentro del programa, que busca brindar mejores condiciones de trabajo para los menores, se ha logrado que reduzcan sus horas y días de trabajo en la calle.

Diferentes instituciones e iniciativas, como los proyectos salesianos, realizan trabajo de mejoramiento de condiciones y atención, con el fin de brindar posibilidades de desarrollo personal a los menores. Estos equipos de apoyo social hacen también una labor de reinserción familiar, cuando es necesario.

Su labor se centra, sobre todo, en niños que trabajan por las noches en sectores como La Mariscal y Gaspar de Villarroel, vendiendo flores y cigarrillos... Estos sí son menores que han perdido el vínculo familiar y sobreviven por sus propios medios. Hay otros que también trabajan durante las noches, pero acompañando a sus padres, pues, debido a la lejanía de sus casas, deben quedarse con ellos hasta que sea hora de volver; por lo general, se ubican fuera de bares y discotecas.

En Quito, específicamente, el proyecto salesiano atiende a 1.555 niños, niñas y adolescentes que viven en la calle en situaciones de riesgo.

La Organización Internacional de Trabajo (OIT) cataloga al trabajo infantil como una mayoría silenciosa, considerando también los intensos dramas de los niños soldados y menores en basureros o bananeras.

Las labores peligrosas para niños se dividen en dos categorías: por su naturaleza, es decir, aquellas que ponen en riesgo de manera manifiesta y más directa la salud del menor; y por sus condiciones, cuando se trata de trabajos en donde no se  respetan sus derechos laborales y se imponen excesivas horas de labor, sin seguridad social, sin días libres, sin salario íntegro ni garantías para que no abandonen sus estudios.

En sus formas más extremas, el trabajo infantil implica niños, niñas o adolescentes que son esclavizados, separados de sus familias, expuestos a graves riesgos y enfermedades y/o abandonados y forzados a valerse por sí mismos en las calles de las grandes ciudades, a menudo a muy temprana edad. Las estimaciones actuales indican que el total de niños en trabajos peligrosos es de 115 millones a nivel mundial.

El trabajo infantil suele ser definido como el trabajo que priva a los niños, niñas o adolescentes de su infancia, su potencial y su dignidad. Es decir, el trabajo que física, mental, social o moralmente perjudica al niño, privándolo de ir a la escuela, obligándole a abandonar prematuramente las aulas, o exigiéndole que intente combinar los estudios con extenuantes jornadas de trabajo pesado.

Duberly tiene 10 años y nació en Esmeraldas. Su madre decidió viajar a Quito a buscar trabajo y ahora él  pasa los días cuidando carros junto a sus tíos, frente a un edificio en la Av. República.

Mientras trabaja se sienta en la vereda a contar las monedas que recibe y las guarda en una billetera negra que alguien le regaló. Duberly quiere regresar a la escuela, pero tiene hermanos pequeños y debe ayudar a sus padres a juntar el dinero para la comida.

En Quito, las familias de bajos recursos económicos que han llegado hasta el CMT han migrado, en muchos casos, desde provincias como Azuay, Loja y Esmeraldas.

En 2007, se elaboró la Agenda Social de la Niñez y la Adolescencia, en donde consta el derecho a que ningún niño o adolescente viva (o muera) con hambre, y  el derecho a tener una educación sin maltrato. Pasa el tiempo y, a pesar del esfuerzo de distintos frentes sociales, la calle sigue siendo esa “selva de cemento” que depreda infancias.

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