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Ecuador/Dom.18/Abr/2021

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Infantes desaparecidos

El rol del periodismo investigativo es cautamente sugerido en Canción sin nombre.
07 de febrero de 2021 00:00

El despojo de niños o niñas es el tema de la película peruana Canción sin nombre (2019) de Melina León, accesible en Netflix. Se trata del drama de una joven embarazada que, al oír en un anuncio en radio la posibilidad de asistencia médica para poder tener su bebé, es engañada en una clínica clandestina.

Canción sin nombre es una película cruda y a la par poética. Su crudeza radica en que muestra el Perú pobre, de los suburbios, con padres y madres que subsisten en casas deleznables y trabajo precario, enfrentándose a un sistema policial y judicial corrupto quemeimportista que desatiende sus denuncias y su desesperación. El contexto es un Perú penetrado por la guerrilla de Sendero Luminoso y por una crisis social y económica que hará que la vida se vuelva aborrecible. El blanco y negro, o los tonos grises del filme contribuyen a crear una atmósfera oscura e insoportable. Y es ahí donde León ejercita la carga poética en su filme: porque, además de lo descrito, lo que importa es mostrar la sicología y la soledad de sus personajes. Favorece así el contraste fotográfico que resalta los lados luminosos y oscuros de sus personajes, además de los planos largos y un ritmo pausado gracias a un montaje con los que se intenta componer una especie de sinfonía del horror.

En Canción sin nombre el drama de la madre desesperada, ante la indolencia de las autoridades, encuentra la ayuda de un periodista que hurga los entresijos de toda una red de médicos, funcionarios públicos, políticos y ciertos medios de comunicación que abren sus espacios para ofertar servicios delictivos. Tal red aprovecha de la pobreza de las madres para hacer desaparecer a sus hijos e hijas y entregarlos a otras redes que incluyen la trata de personas en el exterior. La expresión cínica de un político al respecto es preocupante cuando señala que es mejor que aquellos niños o niñas sean raptados ya que estarán en mejores manos, puesto que sus padres son incapaces de alimentarlos. Con este argumento parecería que el poder gubernamental y social se desentiende del supuesto problema de la pobreza y de los campesinos migrantes a la ciudad.

El rol del periodismo investigativo es cautamente sugerido en Canción sin nombre con la figura de ese reportero que, además de querer desenmascarar las masacres extrajudiciales que se hacían en Perú, se compromete con la mujer que pierde a su infante. Su trabajo, se cuenta en la película, tiene efectos posteriores porque, gracias a la investigación se termina desmantelando la red que secuestra niños y niñas, además poniendo en evidencia a los integrantes de más alto nivel que también se estaban beneficiando del hecho. Un rasgo interesante que León pone de manifiesto es que la retaliación del poder sobre el periodista no es por su trabajo sino por sus relaciones sociales: claramente el filme denuncia el juego sucio que impone el poder sobre los periodistas, además del estado de irresolución de las desapariciones.

Un apunte final: Canción sin nombre recuerda en sus planos al ritmo y la estética de Carl Theodor Dreyer, ese gran cineasta danés. León recupera un cierto granulado de la imagen para matizar más la soledad, los planos largos para mostrar una vida en la que todo se ha detenido, las angulaciones para señalar el peso inexorable del destino al que están sujetos sus personajes; el sonido mismo del filme están tan bien trabajado que contribuye a crear una atmósfera terrible y pesada. La película tiene en su haber varios premios: el Colón de Oro en el Festival de cine Iberoamericano de Huelva; Mejor Película y Mejor Fotografía en el Festival Internacional de Estocolmo; Premio FIPRESCI en el Festival de Cine Nuevo de Montreal, entre otros. Por todo ello y las razones expuestas es recomendable y concientizadora. (O) 

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