Un comienzo de ensueño. Un final triste, angustioso y doloroso. Ecuador se despide de las eliminatorias producto de una interminable serie de imprudencias y acciones negligentes que transformaron un colchón de ahorros futbolísticos en una cama de faquir.
La culpa es compartida por una tibia dirigencia y un seleccionador irresponsable dotado de poderes supremos que transformó su trabajo en una vitrina de suprema arrogancia.
Es hora de hablar claro, aunque algunos desubicados sigan respetando códigos absurdos por los cuales criticar a la selección constituye ser antipatriota o enemigo de la ‘Tri’. Como irresponsables fueron aquellos que cobijaron a Gustavo Quinteros en sus enormes desaciertos.
No se pueden callar las controvertidas actuaciones de un seleccionador como Gustavo Quinteros, quien en lugar de ser un facilitador creó innecesarios frentes de disputa.
Lo peor de todo es que estas actitudes prepotentes nunca fueron corregidas por la dirigencia. En lugar de llamarle la atención, la FEF fue cómplice de un entrenador que siempre buscó confrontar en lugar de ponerse a trabajar.
Su discurso liquidó un trabajo de imagen nacional desplegado a través de la inteligente labor de Hernán Darío Gómez, Luis Fernando Suárez y Reinaldo Rueda. Los tres hermanaron al país a través de la selección. El DT incurrió en preferencias que originaron controversias y odiosas suspicacias.
Ni la final de la Copa Libertadores que Independiente del Valle jugó con Atlético Nacional le obligó a Quinteros a visitar el estadio Atahualpa.
No contento con eso, Quinteros cuestionó la localía de Quito expresando que a los seleccionados les afectaba la altitud capitalina. Vaya descubrimiento. El tema otra vez despertó suspicacias. Mientras la dirigencia callaba, Quinteros trataba de ignorantes a quienes se ‘atrevieron’ a cuestionar sus desaciertos.
La prepotencia de Quinteros no tuvo límites. Calificó de ignorante a la actual dirigencia de la Federación Ecuatoriana de Fútbol en un claro acto de deslealtad. Ni siquiera eso le conmovió al presidente de la FEF. En lugar de llamarle la atención y sancionarlo, la dirigencia tiró la pelota a la tribuna. Y todo continuó como si nada.
Las ligerezas de Quinteros son incontables. Y se hicieron más evidentes cuando se conoció que su sueldo bordeaba los $ 90.000 mensuales.
Tamaña cifra para que un individuo divida al país y haya transformado la selección en un sitio de preferencia para sus ‘amigos’.
Ahora le toca a la dirigencia y a Quinteros rendir cuentas de su irresponsable manejo de la selección. ¿Lo harán? Difícil. Seguro se ocultarán en disculpas, pretextos y fingidos mea culpa. (I)
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