Tras la revolución cubana, las relaciones entre EE.UU. y Cuba se deterioraron paulatinamente. La Casa Blanca se preocupó por la reforma agraria y la nacionalización de sus empresas, restringió el comercio y dejó de comprar azúcar y vender petróleo. Para 1960, el presidente Eisenhower autorizó a la CIA actuar contra Castro con una serie de acciones armadas, políticas, diplomáticas y comerciales que buscaron desestabilizar la Revolución, concluyendo con el embargo que, con variaciones, continúa. El lado más débil de la cadena en la relación bilateral se afectó.
En 1963, los viajes de ciudadanos norteamericanos a Cuba se prohibieron. El gobierno de Castro mientras tanto de 1965 a 1973 estuvo abierto para que los emigrados lleven a sus familias, lo cual fue cancelado por el presidente Nixon. Paralelamente, desde 1966 el gobierno norteamericano a través de la Ley de Ajuste Cubano estableció un procedimiento especial bajo el cual los cubanos, sus cónyuges e hijos podían solicitar residencia permanente en EE.UU., lo que propició migración con fines políticos. El lado más débil de la cadena fue utilizado.
En 1980, con botes proporcionados desde EE.UU. se produjo el éxodo del Mariel y abandonaron la isla más de 125.000 cubanos. En 1994 Castro anunció que los guardacostas permitirían la salida de cualquier persona, provocando la denominada crisis de los balseros, quienes por orden del presidente Clinton fueron interceptados y llevados a los EE.UU. En medio de esta crisis política algunas embarcaciones se hundieron y muchos migrantes murieron. El lado más débil de la cadena sufrió las consecuencias.
En 2009, el presidente Obama anunció en la Cumbre de las Américas un nuevo comienzo en la relación con Cuba que se concretó en abril de 2015 cuando EE.UU. la retira de la lista de Estados que apoyan al terrorismo y ambos países establecen embajadas en sus jurisdicciones. Mientras tanto, miles de cubanos migran a Sur y Centro América a fin de llegar al Norte por el temor de que la Ley de Ajuste Cubano quede insubsistente y se eliminen sus beneficios. El lado más débil de la cadena sigue afectado.
La diáspora cubana en la historia reciente ha estado sujeta al vaivén de las mafias y traficantes de toda laya. Las redes que cooptan agentes oficiales fronterizos, transportistas y negocios asociados, se extienden desde el país de origen a toda la región, el negocio es millonario y en el medio hay muerte y extorsión. El lado más débil de la cadena debe someterse.
En la región, los Estados se debaten entre medidas de control y alternativas humanitarias, las leyes migratorias velan por la soberanía y la seguridad, pero en los datos estadísticos solo figura el número de migrantes rescatados – deportados mientras el número y rostro de los victimarios y traficantes es de bajo rango o no existe. El reto es velar por el lado más débil de la cadena, por quienes migran por vivir y soñar. (O)
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