Cabe hacer un breve apunte a las películas llenas de efectos especiales, mucho ruido y demasiada acción: para los defensores del espectáculo eso es cine, mientras que para los que aman el verdadero cine (entre los que me incluyo) ese tipo de filmes no llenan las mínimas expectativas para ser consideradas como arte.
El caso es la reciente versión de Hellboy (2019) de Neil Marshall. Curiosamente está coguionizada por el creador del personaje que da título a la cinta, Mike Mignolla, lo cual debería ser garantía de un trabajo más interesante. Sin embargo, el resultado decepciona.
Hellboy pretende recontar el origen del mítico personaje de cómics, ponerlo en el contexto contemporáneo y enfrentarlo cuando se intente restaurar el infierno en la Tierra. La trama es lineal, muy esquemática y los personajes acartonados. Incluso el desborde de fantasía que pesaba en las anteriores entregas, ahora se diluye.
La película, en síntesis, pone en evidencia la vieja lucha entre el bien y el mal, por lo que se puede decir que cae en típico lugar de buenos y malos, de la hechicera diabólica que revive para manipular a un supuesto predestinado, etc. Aunque, fuera de ella, aparece la representación de Baba-Yaga que pudo ser un elemento novedoso que retrotrae a la cultura popular europea, de pronto el director la caricaturiza, abandonándola, para dar paso -insisto- a una parafernalia, a un desborde de efectos especiales, acción y mucho ruido.
Y es que estos elementos son un problema en el cine: a falta de un argumento interesante, a falta de una trama que inspire al espectador, la industria cinematográfica produce engendros que privilegian solo el ruido, sea este sonoro o visual. Hellboy es el ejemplo. Aunque uno luego advierte que el guion era para algún videojuego más que para una película, el engaño es manifiesto.
La acción hace que los personajes se muevan en espacios o paisajes de modo caótico; súmese a esto la cantidad de efectos donde incluso el paisaje resulta como una pegatina mal completada; y termínese con la cantidad de sonidos y música estridente que distraen por completo de los errores de la trama: el resultado es un cine-videojuego al que uno de pronto debe renunciar por una sobrecarga del sinsentido.
En este contexto, Mignola hunde a su personaje y el mito que Guillermo del Toro, en las anteriores versiones, se había encargado de construir. (O)
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