Tenemos que decirlo claramente: las redes sociales inciden en nuestra percepción sobre la realidad. Solo pensemos que las opiniones emitidas en las diferentes plataformas, muchas veces, configuran la imagen que nos formamos de instituciones, autoridades y personas: hoy, cuando se habla de la cultura de la cancelación, se hace referencia precisamente a aquellas ideas que, si bien no son aprehendidas directamente, son asimiladas por su repetición y aceptación social (cuántos políticos o artistas no vieron afectadas sus carreras por críticas virales).
Este debate, si bien se enmarca en la coyuntura, no es nuevo (recordemos que ya la teoría del framing analizaba cómo los medios encuadran lo que vemos, afectando el entendimiento en sí). Sin embargo, es importante repensar la manera en que Instagram, Facebook, WhatsApp y Twitter -en particular- influyen en nuestras visiones y representaciones.
Lo sucedido el pasado miércoles con el asalto al Capitolio en Washington, ilustra lo antes mencionado: comunidades que se quedan con una sola perspectiva de los acontecimientos y minimizan posturas contrarias. Por un lado, estaban quienes veían en las elecciones, fraude; en la otra orilla, usuarios que tachaban de hordas de inadaptados (ignorantes, violentos) a quienes protestaban en las calles. Los dos bandos dicen recurrir a la verdad... De hecho, cada una de las facciones acusaba a la otra de manipular los hechos y recurrir a la desinformación. En este proceso, ¿quién tiene la razón?
Actualmente, es cada vez más notoria la confrontación en detrimento del consenso (quien está en desacuerdo con mis creencias, lo silencio porque está equivocado). Hasta ahí, nada nuevo. El problema es que, en medio de este conflicto, surge un dilema alrededor de las instituciones llamadas a mediar entre dichas posiciones contrarias. Y ese poder no lo detentan autoridades ni entidades de gobierno, sino las mismas redes digitales. Twitter y Facebook suspendieron la cuenta del mismísimo presidente de los Estados Unidos bajo el supuesto de que sus publicaciones constituyen información dudosa; algo impensable ¿cierto?
Este acontecimiento, más allá de posturas políticas, debería plantearnos las siguientes preguntas. ¿Cuál es el verdadero poder de las plataformas digitales? ¿Bajo qué criterios o filtros se censura contenido? ¿Deberían las redes juzgar o establecer lo que es verdad? (O)
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