Corrupción electoral

- 27 de octubre de 2020 - 00:00

Un escándalo político que pasaría a la historia con el nombre de ‘gastos reservados’ copó los titulares de los medios, en el Ecuador de 1995. Los diarios relataron al detalle cómo el Gobierno de la época destinó dinero para asegurar votos en el Congreso Nacional.

La Justicia determinó que, a través de la Vicepresidencia, se movieron el equivalente a casi 8 millones de dólares de forma irregular. Buena parte de ese dinero sirvió para comprar la voluntad de diputados que representaban a diferentes bancadas. 

Para el cometido se usó una cuenta que fue incluida en la partida presupuestaria denominada “imprevistos”. La justificación oficial para su creación fue: “asegurar la estabilidad del Estado o del Gobierno”. Así, se terminó de formalizar en papeles el cohecho y se normalizó la corrupción en la relación política Ejecutivo - Legislativo.

El caso, lejos de volverse un precedente fundamental para hacer de los sobornos una excepción y no la regla, abrió la puerta para que se busquen otros mecanismos menos evidentes de corrupción y que se mantenga esa ecuación perversa. 

Por ejemplo, a través de la entrega de puestos claves en la estructura del Ejecutivo, la asignación a dedo de contratos millonarios, la designación en cargos de toma de decisión en instituciones públicas e incluso con el financiamiento adelantado de campañas electorales. 

Esto último con la complicidad de candidatos que, aprovechando sus buenos números de popularidad a escala local, aceptan recursos para  lidiar con las exigencias de campañas electorales que cada vez son más demandantes. 

El resultado obvio: legisladores secuestrados por las fuerzas políticas que los auspician y con nada o poca capacidad de decisión para legislar y fiscalizar de forma independiente. 

La legislación electoral ecuatoriana resulta inútil para prevenir o identificar este tipo de prácticas irregulares. El control se hace post mortem y cuando las fuerzas políticas involucradas se vuelven Gobierno y ejercen su influencia. 

Entonces, todo queda como anécdotas electorales, parte de la comidilla en los círculos de poder, o como un buen tema de investigación que nunca llega a publicarse en los medios serios por falta de evidencias o miedo. 

Frente a esto, es la ciudadanía la que debe reparar en lo peligroso de elegir a candidatos que, de la noche a la mañana, aparecen en el centro de campañas ostentosas. Que pueden repartir regalos como si se tratara de hojas volantes y comprar el voto de la ciudadanía perpetuando la formalización de la coima. (O)

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