El frío, una de sus caractéristicas más arraigadas, es el primero en dar la bienvenida a la casa que fundara el zar Pedro El Grande, allá por 1703.
En la mente de ese monarca estaba que esa ciudad sería una conexión entre Rusia y el resto del mundo; el tiempo le dio la razón.
Tras pocos más de tres siglos de existencia, la urbe que fue concebida como un homenaje al patrono San Pedro es muestra del resurgimiento constante de un pueblo.
Esta ciudad ha sido devastada en múltiples ocasiones y aún mantiene las heridas que dejara la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial.
Pero "San Píter", como llamaban los rusos a esta ciudad, no deja de hacer historia ya sea por su resistencia ante los embates de la época así como por su incesante objetivo de progresar.
La casa de los zares mantiene una estrecha relación con otro eterno compañero: el río Nevá. Este afluente literalmente parte a la ciudad subdividiéndola en 52 islas de distinto tamaño.
Para unir a su población durante siglos se han eregido 321 puentes, de los cuales 22 son basculantes para el paso de barcos.
Así San Petersburgo exuda historia y morriña en cada calle, en cada plaza, en cada avenida, en cada majestuoso condominio, en cada imponente templo ortodoxo y, sobre todo, en cada uno de sus hijos.
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