La justicia indígena está reconocida en el artículo 171 de la constitución de la república del ecuador

“La tortura terminó hace más de una década”

- 16 de abril de 2015 - 00:00
Uno de los jóvenes de la comunidad Yanashpa se ofreció para una demostración de cómo se realizan los castigos. El escenario es la cancha del poblado. Fotos: Karla Naranjo / El Telégrafo

La justicia indígena está reconocida en el artículo 171 de la constitución de la república del ecuador

Luego de los latigazos, Ernesto Cuyo Tigazi cuenta que regresaba a casa, se sentaba, le pedía perdón a Dios y se tomaba un vaso con agua helada. Así sentía que su corazón volvía a latir al ritmo normal, de 50 a 100 veces por minuto, y su sangre se enfriaba.

El hombre, quien fue dirigente, por 13 años de la comuna Yanashpa, considera que él no era quien para juzgar a las personas. A pesar de ello le tocó ‘purificar’ a cientos de habitantes. La justicia indígena, la aplicación de tradiciones ancestrales para resolver conflictos internos, está reconocida en el artículo 171 de la Constitución del Ecuador.

Yanashpa es un poblado situado a 3.600 metros sobre el nivel del mar, pertenece a la parroquia Zumbahua, en la parte sur de Cotopaxi. En las aproximadamente 100 casas de ventanas sin rejas y que están separadas por grandes jardines o pequeñas elevaciones no hay más de 1.000 lugareños. Todos se conocen.

En la mitad de la comuna hay una cancha de cemento con una red de voleibol. Ahí, donde 3 niños abrigados de pies a cabeza con coloridos ponchos y sombreros juegan a las cogidas, se practican los castigos.

Un balde con agua, un ramillete de ortiga, un ‘juete’ (látigo) y a veces piedras, en las que los sospechosos deben arrodillarse, son usados en lo que más que una sanción es considerado una purificación del ser. “Antes se manejaron diferentes formas de ajusticiamiento. Han habido torturas como enterrarlos, tirarles al agua, hacerlos cargar piedras, llevarlos al páramo o esconderlos de la familia por un tiempo. Ahora estamos enfocados en orientar. Las torturas terminaron hace más de una década”, expresa Cuyo.

Caminando por la única calle principal del pueblo, sin pavimentar, y sin sentir ‘la altura’ que a las personas ajenas a la serranía les dificulta la respiración, Cuyo explica que en todos los casos se aplica la Chakikatina y detalla que significa investigación. “No es que se denuncia un hecho y se sanciona al momento. No. Se averigua, es un proceso, hay un diálogo voluntario entre las partes. Cuando se determina que sí se cometió un hecho delictivo empieza la purificación”.

Los habitantes de Yanashpa relatan que los problemas más comunes son entre vecinos por las linderas e incidentes con los animales y también la violencia intrafamiliar, porque hay algunos esposos que consumen alcohol en abundancia.

En otras poblaciones dicen “ladrón cogido, ladrón matado”. En algunas hasta les pegan con palos, les tiran piedras. Les ponen carteles con la palabra de la infracción que cometieron.

“Nosotros no. Llamamos a la gente, al perjudicado. En caso de robo, hacemos el cálculo para que el acusado pague al afectado y si aún tiene las pertenencias o el dinero, se lo devuelva. Igual, aunque lo haga, le damos unos 2 o 3 ‘juetazos’. Los hechos los comunicamos a Fiscalía de Asuntos Indígenas y aparte buscamos la reparación psicológica y económica de las víctimas que pierden a sus familiares”, detalla mientras ubica en la cancha todos los implementos usados en el ajusticiamiento, y así hacer una demostración.

Ernesto Cuyo y su madre María Rosa Tigazi muestran que para arrancar la ortiga hay que protegerse las manos para no lastimarse.

Su sobrino Stalin se ofrece para la dramatización. Se para en media cancha, con un poco de vergüenza y luego de pensarlo -por poco menos de un minuto- se saca el abrigo y luego la camiseta. Su piel se eriza y él se frota las manos. Luego se remanga el calentador y se ubica delante de su tío, quien tiene las ortigas empuñadas. Evidentemente nervioso el joven mira de reojo la planta y trata de esquivarla, no quiere que le toque la espalda.

En la Sierra, la ortiga crece como cualquier mala hierba, sin necesidad de que se plante una semilla. Esta especie, que muchos sintieron pasar por su pellejo, se desarrolla entre los cactus, o las plantas nativas del lugar denominadas yagual, marcos, santamaría, y otras como el tilo o nabo.

María Rosa, la mamá de Ernesto, muestra que para arrancar la ortiga envuelve su mano con algún poncho, saco o funda y así evita que las pequeñísimas ampollas, llenas de un líquido irritante y agarradas del tallo, le lastimen la piel. Para el ajusticiamiento o purificación se recoge un puñado, 8 tallos. La ortiga se roza por el cuerpo desnudo de quien infringió la ley, lo que le provoca picazón e inflamación.

El muchacho ahora se acuesta boca abajo, no le importa que un ventarrón muy helado hace poco levantó polvo e hizo una especie de remolino. Ernesto deja la ortiga a un lado y agarra el ‘juete’. Este es un látigo fabricado en cuero, en cuyo mango tiene envuelto el hueso de un chivo.

Los habitantes de la comuna con un tono jocoso expresan que el dolor no se compara al de aquel látigo fabricado en cuero de vaca, conocido como veta o ‘García Moreno’, que es delgado y trenzado. “No se da un ‘juetazo’ porque sí. Hay que decirle que debe cambiar, que es tiempo de arrepentirse, que debería ser un líder, aspirar a dirigir a la población no a perjudicar a las personas”, narra Cuyo.

Luego de cada latigazo a los purificados se les da un vaso de agua, pues esperan que eso les alivie un poco el dolor. “Deben sentir cómo su cuerpo se va limpiando, cómo todo lo malo se va borrando”.

Luego también se les da un baño con agua helada. Para esa parte Stalin ya no quiere actuar. El joven se levanta, se limpia los residuos de tierra y su tío bromea y le dice que eso solo era un calentamiento para la purificación del Domingo de Resurrección. Esta es una fecha en que los padres pueden practicar la purificación con sus hijos. Si estos se han portado mal.

Habitantes relatan casos

Una mujer y 2 jóvenes están sentados en el húmedo suelo que quedó tras la llovizna de la madrugada. Uno de ellos usa una pequeña tijera roja para quitarle toda la lana a una oveja. Ellos mencionan que hace más de un año en Yanashpa no se ha registrado un castigo.

A la madre de familia, quien no dio tiempo para preguntarle su nombre, se le viene a la memoria un caso en 2008. “Uno de los vecinos había tomado bastante alcohol y se peleó con un amigo. Lo hirió, estuvo bien grave, en coma y luego murió. A él lo hicieron arrodillar en piedras para que se arrepienta de lo que hizo”.

La lana que sacan de la oveja durante aproximadamente 3 horas no la venden, pero la envían a Latacunga para ponchos, pantalones u otras prendas. El joven, que emplea las tijeras, mueve sus dedos cada 15 minutos para revivir sus dedos entumecidos por el frío.

El poblado Yanashpa está en lo alto de una colina, rodeado de enormes montañas en las que las plantaciones de tonalidades de verde, amarillo y café forman cuadros y aparentan ser un rompecabezas.

Desde la cancha se divisa el centro de la parroquia Zumbahua y a los habitantes, cual pequeños puntos de colores, entrando y saliendo de la iglesia Matzi. Cerca hay una explanada en la que cada fin de semana se desarrollan ferias de frutas, vegetales, legumbres o artesanías.

En esa misma plaza, enmarcada por la cordillera, el domingo 9 de mayo de 2010  Marco Antonio Olivo, de 21 años de edad, apareció colgado de un poste, ahorcado con su propio cinturón. La noche anterior había salido a un baile comunitario.

A partir de ese hecho, la Corte Constitucional resolvió que los casos de muertes violentas cometidas por comunidades indígenas sean tratados solamente por la justicia ordinaria.

Por la muerte de Olivo, 5 jóvenes de la comunidad La Cocha (Cotopaxi) fueron juzgados con los métodos indígenas y luego sometidos a la justicia ordinaria. Lo que algunos consideraron un doble juzgamiento. (I)

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