Hugo Chávez no fue una anécdota de la historia

20 de diciembre de 2013 - 00:00

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Cuando Hugo Chávez apareció en la escena política venezolana nadie hubiera creído que luego de 15 años su influencia y su predominio cambiarían la historia de ese país y, sin duda, la de América Latina. El transcurso de 2013, luego de su muerte, y esbozando una aproximación de lo que ha sido su legado, confirmó que fue él quien recuperó para la izquierda regional –en todas sus versiones- el lugar de la política que el neoliberalismo había confinado sin recato. Tanto Venezuela como sus vecinos habíamos vivido durísimos períodos de ajustes y nuestras economías dependían de políticas externas urdidas en organismos supranacionales.

Por supuesto, cuando Hugo Chávez irrumpe –primero con la insurrección militar y luego ya como candidato ganador- aún generaba sospechas; la propia izquierda, depositaria de ritos antimilitaristas, no captaba bien qué traería consigo un exoficial de verbo fácil y exótico. Con el tiempo aprendimos que definir a Chávez como un líder exótico –superponiendo los prejuicios que sobre el Caribe asume la cultura hegemónica- implicaba también reproducir los valores discriminatorios de los cronistas del establishment. Por eso, si algo tuvo Chávez, para los latinoamericanos de fines del siglo XX y principios del XXI, es que siempre se encargó –sin proponérselo- de invitarnos a conocerlo y a conocernos, en las analogías y en las diferencias, es decir, y mirado en retrospectiva, Chávez se estaba formando en las artes políticas poco a poco y sin tregua, y desde ahí sus aprendizajes fueron genuinos y valiosos. ¿Por qué? Cuando una tiene la paciencia de observar su camino individual, ya sea en discursos, entrevistas, reflexiones, incluso en los chistes de sus largas alocuciones, se puede advertir que Chávez fue refrescando y sustentando, con lecturas y realidades, su perspectiva de lo político y lo social. Y solamente la profilaxis permanente de su estilo político le facilitó el discernimiento histórico de los problemas estructurales de su país, de la región y del mundo.

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Es importante recordar que el Chávez de 1992, el de la asonada militar, tenía 38 años y mínimas destrezas políticas. Y lo más decidor de aquel tiempo: solo 3 años antes había caído el muro de Berlín y un año antes hundido la Unión Soviética. Eran los años en que el fantasma de la muerte de las ideologías recorría el mundo y el capitalismo se erigía como el único sistema que podía ordenar y reproducir la vida. Los liberales de todo color se tomaban los medios y las élites nacionales y transnacionales se creían más dueñas de los Estados que nunca. Tuvo que pasar casi una década –con cárcel de por medio- para que Chávez volviera a la palestra con una promesa de emancipación verdadera. Era 1999. Se fortalecían las teorías del ‘fin de la historia’ e incluso las izquierdas no sabían desde dónde apuntalar un discurso a contracorriente de aquello. En ese contexto, Chávez lucía sospechoso y raro: hablaba como la antigua izquierda, pero con los tereques de los usos sociales más populares, o sea, hablaba ‘en venezolano’. Y eso chocaba. Le chocaba a la izquierda y a la derecha. A la izquierda, entonces, le valía un comino lo que hiciera Chávez; no lo tomaban en serio. Y la derecha, la de su país, creyó a pie juntillas eso de que ‘nadie es profeta en su tierra’, y desdeñó la curtiembre social de un hombre sin ilustre pasado. Pero era 1999 y solo en ese año hubo 2 hechos claves en Venezuela: la instalación de una Asamblea Constituyente y la expedición de la nueva Carta Constitucional. Dos decisiones validadas en las urnas. Había empezado la auténtica causa chavista.

Pero fue solo después del intento de golpe de Estado contra Chávez, abortado por el pueblo y por militares leales, en abril de 2002, cuando por fin una gran mayoría de ofuscados regresa a ver a ese hombre que asumía en serio absolutamente todo. Dentro y fuera de Venezuela ese ‘primer golpe mediático’ -a pesar de ser fallido- alertó sobre la audacia de los cálculos desestabilizadores de los sectores antichavistas que desconocían la democracia.

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El chavismo avanzaba y a esas alturas supimos varias cosas: el neoliberalismo hacía agua, los partidos implosionaban, los movimientos sociales ocupaban el territorio de la izquierda ideológica pero no partidista, la ciudadanía adquiría voz y compartía demandas sociales colectivas y el raquitismo estatal requería asistencia urgente. En pocas palabras: era ineludible recuperar la política y el valor de las ideologías; acercarse a las nuevas dinámicas sociales y articular las reivindicaciones ciudadanas. Otras realidades exigían otras comprensiones y enfoques. Ningún viejo recetario valía.

Cuando arribamos a la segunda mitad de la primera década del siglo XXI, el poder mediático transnacional ya no se burlaba del Chávez exótico ni de sus delirios. Lo repudiaban pero lo respetaban. Y, además, otros líderes estaban ganando elecciones en América Latina, con talantes distintos pero con ideales parecidos. El fenómeno Chávez había mutado a tendencia. ‘Gobiernos progresistas’, ‘izquierda buena’ o ‘izquierda mala’, decretaban medios y políticos. La consigna era sellar diferencias y distancias. Sí, Chávez era grande pero dogmático. Sí, Chávez era joven pero envejecido por la amistad con Fidel Castro. En fin, se creó la matriz del: ‘sí, pero…’.

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Así, es clave decir hoy que el eclecticismo político de Hugo Chávez fue expresión legítima de ese nuevo tiempo. No había que encasillarlo; pero muchos lo hicieron basados en el reconcomio ideológico, en la militancia dogmática y en el interés transcapitalista. Ergo, tanto Chávez como Venezuela devinieron en un prototipo de democracia –política y económica- para pensar, in situ, la emergencia de procesos sociales insospechados. Igualmente, después, seríamos testigos de un discurso y una praxis que transformarían la geopolítica regional: la integración. Chávez miró hacia dentro (Venezuela) y hacia afuera (Latinoamérica), y hacia todos los costados (el mundo). Con gran talento sintonizó las variables del nuevo orden global y diseñó una ruta para la región: integración, integración, integración. Y fue escuchado.

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El día de su funeral todos recibimos una clase de geopolítica. Allí estaba el mundo que él ayudó a reconfigurar. Estaban quienes un día lo narraron como un bufón del Caribe. Estaban quienes intuyeron que el populismo no es la categoría del desprecio sino la forja social de quienes tienen voluntad de saber y de poder. Estaban quienes lo amaban.

Hoy echamos en falta su palabra. Poco menos de un año ha servido para que sus enemigos sigan descalificando la superior proyección política de Chávez. En su tierra, porque se ha revivido una guerra económica contra su sucesor con el único lema de que el chavismo no es viable… y menos sin Chávez. Y en la región, porque hay una apuesta política que intenta situar en el imaginario social la terrible idea de que Chávez fue una anécdota de la historia del petróleo y no parte de la otra historia latinoamericana: la que se resiste, la que se levanta, la que lucha, la que da ejemplo.

Hoy, mitificar a Chávez no es bueno para nadie. Pero es inaplazable reconocer y considerar sus acciones políticas a lo largo de 15 años; aquilatar el cambio que su figura propició en una región que habla la misma lengua pero soporta el mismo asalto del capital; emular el ímpetu que sembró en su pueblo y que hoy ninguna campaña puede opacar a pesar de los inflados lapsus linguae de Maduro. Es el legado político total de Chávez el que hay que redimir, la manera en que hizo añicos una tradición de apatía y resignación social, la potencia de un liderazgo irreductible al cacareado populismo de los cultos.

Echamos de menos a Chávez precisamente porque su quehacer cambió la realidad y ese cambio nos interpela y despierta. Es imperativo preguntarse hoy, sin remilgos, en cada rincón de injusticia: ¿qué estamos haciendo con todo el ejemplo de Chávez?

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