Hacia la Casa Blanca

- 18 de octubre de 2020 - 00:00
El Telégrafo

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos y candidato a la reelección, y Joe Biden, candidato a la presidencia, concedieron entrevistas a distintas cadenas de televisión, en el mismo horario.

El pasado jueves debía llevarse a cabo el segundo debate presidencial en la carrera hacia la Casa Blanca. Pero no se hizo debido a que el presidente Donald Trump y su esposa dieron positivo en la prueba de covid-19 el 2 de octubre. Pese a su rápida recuperación, habiendo salido del hospital solo tres días después, fue imposible poner a los dos candidatos, el republicano Trump y el demócrata Joe Biden, en el mismo set para el debate. No obstante, ambos concedieron el jueves una entrevista en el mismo horario, a las cadenas NBC en Miami (Trump) y ABC, en Filadelfia (Biden). Lastimosamente el público tenía que elegir, desde ya, a quién escuchar.

En la entrevista de NBC se pudo constatar lo que se venía evidenciando: Trump superó los síntomas de covid-19, pero políticamente no goza de tanta salud. Este momento todas las encuestas lo sitúan como perdedor, con al menos 10 puntos de diferencia. Biden tendría entre el 52% y el 54% de intención de voto, frente a un 42% de Trump. Si bien ello puede variar de aquí al 3 de noviembre, día de la elección, parece ser una tendencia muy consolidada.

Trump: de mal a peor

Pese al estilo de showman, que gusta a muchos en EE. UU., y con una maquinaria electoral siempre en marcha, el Presidente ya estaba débil antes de la pandemia. Al inicio del año fue sujeto a juicio político, acusado de presionar a Ucrania para perjudicar en las elecciones a su actual rival Biden. También fue procesado por obstrucción al Congreso al entorpecer la investigación de este caso. Pero esta no era la primera vez. En 2017 fue investigado por una supuesta intervención de Rusia en las elecciones de 2016, en que fue vencedor. Este país, habría hackeado correos electrónicos, para perjudicar a la excandidata Hillary Clinton. Si bien salió librado del juicio gracias a los senadores republicanos, Trump quedó muy debilitado frente a la opinión pública. El 70% de los estadounidenses creía en ese momento que el Presidente hizo algo antiético.

Apoco de librarse del impeachment, llegó el covid-19. Desde el inicio de la pandemia, Trump tuvo una postura negacionista del virus. Mientras los países del este de Asia, que habían sufrido previamente el SARS (2003) y el MERS (2015), activaron sus alarmas desde los primeros días de enero, Trump afirmaba que era un virus más y que la gripe común mataba más gente cada año de lo que lo haría el covid-19. De paso, aprovechó para criticar duramente a China y, fiel a su estilo, lo llamaba, de una forma evidentemente racista, el “virus chino”. Esto provocó maltrato a muchas personas de origen asiático en EE. UU., pues definitivamente la opinión de un mandatario tiene influencia en la población, y más en escenarios como este: una sociedad entrampada históricamente en el racismo. Y todo ello era coherente con otro de los lemas de Trump: “América para los americanos”.

Además, se negaba a usar mascarilla y cuestionaba su efectividad. La primera vez que la usó fue a mediados de julio, cuando se habían registrado 3,3 millones de personas infectadas y alrededor de 140.000 muertos en su país. Y no ahorraba burlas contra Biden en el primer debate el pasado 29 de septiembre, porque él es visto siempre públicamente con mascarilla. La intención era mostrar a Biden como débil, pero la propia pandemia se encargó de demostrar lo errático de su discurso. Pocos días después dio positivo en la prueba del coronavirus.

Como resultado de la pandemia, al igual que otros países, EE.UU. vive un escenario económico de crisis. Entre marzo y junio, más de 42 millones de personas, uno de cada cuatro trabajadores del país, perdieron su trabajo y pidieron asistencia social. Los problemas económicos ya no eran solo de los agricultores por la guerra comercial que Trump le declaró a China.

Pero no ha sido todo. Al final de mayo ocurrió un evento más de brutalidad policial contra un ciudadano afroamericano: George Floyd fue asesinado en Minneapolis a manos de un policía blanco, el detonante de una bomba que estaba lista para estallar. La reacción fue viral en EE. UU. y en el mundo. Pero Trump parecía impávido. Nunca convocó a un discurso de unión en el país, profundamente polarizado. Ello le pasó factura. En todo el país hubo marchas multitudinarias, pese al covid-19, donde llamó la atención que mucha gente blanca también salió a protestar.  

Un sistema electoral atípico

La carrera electoral en todas partes se pelea día a día. Pero en EE. UU., quizá más que en ningún otro país, la campaña se concentra en unos territorios más que en otros. Esto se debe a la particularidad del sistema electoral estadounidense. Allí no hay la elección directa, donde el candidato que tenga más número de votos gana. En cambio, existe un Colegio Electoral conformado por un número concreto de representantes de cada estado. El Colegio tiene un total de 538 votos de los 50 estados. Para ganar la elección se necesitan al menos 270 votos. Es ahí donde ocurre el fenómeno que para quienes tenemos un sistema de votación directa nos resulta distorsionado Hay estados que tienen más número de personas, pero tienen menos representantes al Colegio Electoral que otros. Es por ello que muchos, como el cineasta Michael Moore, lo catalogan como un sistema tramposo. Es ciertamente incongruente con la lógica de la representación democrática.

También existe una hegemonía bipartidista. Aunque hay otros partidos minoritarios, demócratas y republicanos tienen más del 95% de la representación territorial, y se conoce históricamente la tendencia política de casi todos los estados. Así, el tablero electoral se divide en dos colores: azul para los demócratas y rojo para los republicanos. Hay 23 estados rojos (republicanos) y 20 azules. Los siete estados restantes son los denominados “estados bisagra” (swing states), de los que no se tienen certezas sobre su voto. Estos estados pueden definir elecciones, como ocurrió en el 2000, cuando George Bush hijo ganó a Al Gore; y en 2016, cuando Trump ganó a Hillary Clinton, pese a haber tenido más de 3 millones menos de votos que la demócrata… Cosas del Colegio Electoral. Los estados bisagra son: Florida, que con 29 electores es considerada la joya de la corona electoral; Ohio (18), Carolina del Norte (15), Georgia (16), Michigan (16), Arizona (11), y, finalmente, Iowa (6).

Joe Biden tiene una larga carrera pública. Desde 1972 fue senador por Delaware. En 1988 y en 2008 se postuló en las primarias del partido demócrata para la presidencia del país. Y desde 2008 a 2016 fue vicepresidente del gobierno de Obama. Es decir, no es, para nada, un novato. Biden es un personaje que ha surgido de abajo, pese a que por casi 50 años ha sido figura pública. Trump trata de pintarlo como un comunista, pero nada más alejado de la realidad. Biden es un moderado, con ideas liberales y que le apuesta al multilateralismo, tan denostado y venido a menos en la administración Trump. Y es que Trump pateó el tablero con una retórica populista, apelando a la polarización de la sociedad (algo lastimosamente muy conocido en Ecuador y América Latina) y a la generación de un enemigo externo. En la campaña 2016 el enemigo externo eran los migrantes, para los cuales propuso un muro que, según él, habría de pagar México; en la campaña de 2020 el enemigo externo es China, por lo cual hasta Tik Tok está en el fogoso discurso del mandatario con ínfulas de caudillo.

Las encuestas por el momento le dan la victoria a Biden. El profesor Alan Lichtman, conocido como “el gurú de las predicciones electorales” dice que Biden ganará. Pero, el pueblo estadounidense tendrá la última palabra el 3 de noviembre, en una elección que no afecta solo a los EE. UU., sino que tiene consecuencias globales.

 

 

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