La envidia sería un impulso que posibilita la superación

El cerebro usa estrategias para la supervivencia

- 12 de julio de 2015 - 00:00

La envidia sería un impulso que posibilita la superación

El cerebro es un procesador espectacularmente potente que tiene -en última instancia- la tarea de asegurar nuestra supervivencia y hay rasgos de este que aún resultan sorprendentes.

Tenemos un órgano auxiliar

A menudo sucede que cuando llegamos al trabajo o a la casa no recordamos cómo hicimos el trayecto. O cuando preparamos un café, sacamos la basura o hacemos cualquier rutina diaria sin pensarlo. En esos casos decimos que el cuerpo conoce el camino o que sabe lo que debe hacer. Y es verdad.

Este proceso ocurre en el cerebelo, un órgano que está en la base del cerebro y que sirve para el equilibrio y la motricidad: es el que filtra y envía las órdenes del cerebro a las extremidades.

El cerebelo es el gran coordinador. Es un órgano antiguo y como en los animales funciona por condicionamiento: cuando repetimos muchas veces la misma rutina o tomamos siempre el mismo camino, almacena la información de estas actividades.

Y de tanto repetir libera al cerebro de enviar órdenes tales como girar a la derecha, seguir recto o levantar una taza de té como se hace siempre.

El cerebelo funciona entonces como un cerebro auxiliar y permite al verdadero cerebro pensar en lo que realizará durante el día: hacer la lista de las compras, recoger a los niños o solucionar un problema laboral mientras cumplimos una rutina. Es una especie de piloto automático.

Cuando la palabra está “en la punta de la lengua”

Cada día los sentidos captan millones de informaciones que son enviadas al cerebro, una cantidad tan grande que es imposible procesar y almacenar por completo.

De manera inconsciente se selecciona la información más importante, y si le prestamos atención, la analizamos y la relacionamos con otras ideas, luego queda almacenada en la llamada “memoria de largo plazo”.

Por ejemplo, las fechas de cumpleaños de las personas más cercanas. Y el archivo se repite varias veces por asociación con otras palabras.

La demás información, en cambio, se guarda por poco tiempo en la llamada “memoria de corto plazo”. Por ejemplo, las fechas de cumpleaños de amigos menos cercanos o el nombre de ese chico con el que conversamos una sola vez.

Mientras mejor sea registrada la información, la retendremos por más tiempo y también la recuperaremos más rápidamente cuando la necesitemos.

Con el resto, es posible que nos suceda eso de sentir que ya mismo nos acordamos, que lo tenemos “en la punta de la lengua”.

Muchas veces, durante una conversación nos olvidamos de nombres, direcciones o palabras que, por lo general, aparecerán sin avisar minutos u horas después.

Eso es porque están perdidas en algún remoto rincón del cerebro. Cuando se trata de nombres o palabras poco relevantes, las archivamos en un rincón y una sola vez para ahorrar espacio en la memoria.

Un truco práctico (aunque no infalible) cuando tenga una palabra en la punta de la lengua es este: repase letra por letra el alfabeto: a... b… c.. y cuando llegue a la inicial correcta, es probable que recuerde el nombre.

Memoria por asociación

Seguramente a todos nos ha sucedido querer decir la palabra “mesa” y pronunciar “pesa”, o cualquier otra palabra sin sentido.

Las equivocaciones o lapsus son de lo más comunes, y esto se debe a la manera como el cerebro clasifica los conceptos y las palabras. Es porque tenemos 2 memorias que se encargan del lenguaje: la memoria semántica y la memoria léxica.

La semántica se parece a las estanterías de una biblioteca, donde el cerebro organiza las palabras según grandes categorías.

Por ejemplo, animales, cantantes, plantas, etc. También las clasifica por asociación, es decir, palabras que están unidas como en una especie de red de pesca.

Cada nudo es una palabra que se asocia con otras por medio de lazos que se crean, y mientras vamos pronunciando una, el cerebro ya va preparando otras palabras asociadas. Por ejemplo, al decir “miel”, el cerebro preactivará las palabras “abeja”, “panal”, “dulce” y otras.

Se lo puede comprobar haciendo un sencillo experimento. Pídale a una persona que repita varias veces la palabra “blanco” y de repente dígale “rápido, ¿qué bebe la vaca?” y casi seguramente la respuesta será “leche”, y no la correcta que es “agua”.

Eso sucede porque a medida que decía la palabra “blanco” el cerebro preactivó la palabra “leche” y no “agua”.

La memoria léxica, por su parte, hace que además de la asociación el cerebro ordene palabras por rima y sonidos parecidos, como casa, taza y masa.

Haga el mismo experimento pero con la palabra “cernidor”. Después de varias repeticiones pregunte “rápido, ¿con qué cortamos la carne?”.

La respuesta -equivocada- casi siempre será “tenedor” porque tiene un sonido parecido y un uso asociado con el cuchillo.

Eso explica por qué es más fácil memorizar rimas. En la antigüedad, antes de que existieran los libros, la poesía rimada se usaba para aprender textos largos como la famosa Ilíada de Homero.

En el cerebro están los 7 pecados capitales

Los científicos cuentan ahora con herramientas tecnológicas que pueden revelar la raíz de los impulsos más oscuros, arraigados en lo más profundo del cerebro.

Todos alguna vez comimos por gula, hemos envidiado a alguien o sentido pereza. Y es que según la revista científica BBC Focus nadie estaría a salvo de los llamados “pecados capitales”.

Varios estudios parecen demostrar que serían actitudes o impulsos naturales del hombre que se generaron durante la evolución.

La lujuria respondería a la necesidad de procrear. Los escaneos cerebrales revelaron que al ver películas eróticas se activa el sistema límbico, encargado del placer. La naturaleza nos animaría a tener sexo para que transmitamos los genes y la especie sobreviva.

La gula activa esta misma área, encontrar placer en ingerir alimentos motiva a continuar haciéndolo. Y comer es, además, una actividad básica para sobrevivir.

La pereza también nos da placer y nació con la necesidad de ahorrar energía. Los primeros hombres cazaban para sobrevivir y cuando ya estaban satisfechos ahorraban energía y descansaban hasta que apareciera otra presa.

El pecado de la envidia es lo que nos motivaría a superarnos. En voluntarios que leían perfiles de personas exitosas se registró una reacción en la corteza cingulada anterior que está vinculada con el dolor físico, pero que además motiva a conseguir algo.

La soberbia es la que refuerza la autoestima, y al igual que la envidia es un motor clave que ayuda a superarnos. Investigaciones revelaron que estimulando la corteza prefrontal se puede desactivar esa sensación de arrogancia.

Aunque parezca contradictorio, la ira ayudaría a moderar el comportamiento. Los científicos afirman que las personas explosivas son menos rencorosas que las pasivas. La ira nace en la amígdala cerebral, la zona encargada de las emociones.

Y la avaricia se habría originado en la necesidad de guardar los alimentos escasos para sobrevivir. Pero a diferencia de los otros 6 se habría desarrollado por aprendizaje: una mezcla de los instintos básicos y de la parte racional del cerebro.

Parecería entonces que la naturaleza nos quiere malos, pero en realidad estos impulsos exagerados nos habrían ayudado a sobrevivir.

Hoy, la parte racional del cerebro controla estos impulsos, pero cuando eso no se logra se pueden convertir en problemas de conducta como las obsesiones. (I)

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