Cuando hace unos cinco o seis millones de años los primeros homínidos se vieron obligados a caminar sobre dos pies, esto causó enormes cambios fisiológicos: desde el alargamiento de las extremidades inferiores, hasta el crecimiento de la cabeza para albergar un cerebro más desarrollado. Sus consecuencias fueron muy diversas.
Parto doloroso
“Parirás a tus hijos con dolor” es una frase bíblica que no debe interpretarse como una maldición divina, sino como una consecuencia de la evolución. Al comenzar a caminar erguidos para tener equilibrio, las caderas de los humanos se volvieron más anchas en su parte superior y estrechas al final. Pero esto también modificó el aparato reproductor, y el canal de parto de las mujeres se fue haciendo más largo y más ajustado que en el resto de primates. Por eso, el parto en humanos es más largo y difícil que el de otras especies.
La evolución humana también hizo que el tamaño de la cabeza crezca considerablemente y la salida de los bebés se hizo cada vez más dificultosa y dolorosa para la madre. La naturaleza lo solucionó como pudo: haciendo que los bebés humanos nazcan sin terminar de formarse, a diferencia de lo que sucede con casi todos los mamíferos. Por eso, cuando el bebé abandona el vientre materno los huesos de su cráneo no están soldados y pueden montarse entre sí para reducir su diámetro y facilitar su salida. En su cabeza se han formado unas separaciones elásticas llamadas fontanelas o molleras, que irán desapareciendo a medida que el cerebro vaya aumentando de tamaño durante los primeros dos años de vida y así terminará por soldarse.
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