La historia del Ecuador de las últimas décadas no podría ser contada sin tomar en cuenta los azotes que El Niño ha dado al país. En 1982 empezaron a producirse fuertes lluvias. Para enero del 83 las inundaciones arrasaban con casas, sembríos y caminos. Las pérdidas económicas alcanzaron los 20.000 millones de sucres. Había una emergencia. No solo se perdió la mayoría de la producción agrícola sino que las pérdidas de vidas humanas fueron irreparables. Habían miles de damnificados. La ayuda nacional e internacional empezó a fluir. Contingentes de alimentos llegaban desde Europa mientras que una campaña de solidaridad recaudó con creces los 100 millones de sucres que se había fijado como objetivo. Pero no solo la Costa sufrió. Las constantes lluvias empezaban a desestabilizar las montañas de la Sierra. Una mañana de abril una ladera del cantón Chunchi -en la provincia de Chimborazo- se vino abajo enterrando a más de un centenar de personas. El desastre tomaba proporciones nacionales.
Antes de ese fatídico año no se sabía mucho de El Niño y se creía que sucedía cada 200 años. Desafortunadamente pronto nos dimos cuenta de que no era así. Hubo un fenómeno fuerte apenas 4 años más tarde y otro dramático entre 1997 y 1998, cuando se perdieron más de 300 vidas, colapsó el 80% de la red vial costera y las pérdidas llegaron a contarse en más de $ 2.800 millones.
Ahora en ciudades como Quito y Guayaquil ha empezado a llover, pero las autoridades del Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología (Inamhi) han advertido que estas lluvias no corresponden al inicio de El Niño, sino que se deben a una masa de nubes generadas en la cuenca amazónica.
El Niño se empezará a sentir –según las autoridades climáticas- a partir de finales de noviembre. Por su parte las autoridades de seguridad empiezan acciones coordinadas con los gobiernos autónomos descentralizados para empezar la limpieza de canales y quebradas, acciones que incluso se harán de manera binacional en la frontera de Huaquillas, donde ecuatorianos y peruanos se cerciorarán de tener el canal fronterizo en óptimas condiciones para un eventual embate de las lluvias. Las experiencias vividas en 1982-3 y en 1997-8 son todavía recuerdos dolorosos que hoy nos indican que todos esos estragos pudieron mitigarse con planificación. Hoy tenemos la oportunidad de aprender de ese error y prepararnos para el que algunos ya se han adelantado a decir será el fenómeno más fuerte del que se ha tenido registro en la historia.
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