El Telégrafo
Ecuador / Viernes, 29 de Agosto de 2025

Un gusano bastó para destruir la vida de Kris. Ella pierde su trabajo, su dinero, su identidad, su salud mental. Bajo esa premisa, Upstream Color arranca ofreciendo un ritmo y una tensión propios de Hollywood, para pronto convertirse en un viaje espiritual que no deja muchas respuestas. Como la vida. El segundo filme de Shane Carruth tiene un poco de David Lynch, un poco de Terrence Malick, y un poco de David Cronenberg.

Es de una rareza incómoda y poética. Unos creen que el filme intenta reflexionar sobre la identidad. Otros, sobre la conexión física y espiritual entre los seres humanos. Unos terceros, sobre el innegable vínculo que tenemos con la naturaleza. Sin embargo, por encima de todos los intentos, la película aborda al amor como salvación, como esperanza, como refugio de las almas perdidas.

Gusanos y cerdos. Pareciera que el amor no es parte de este dúo, pero Carruth lo logra. La protagonista, en medio de un cruel robo, pierde toda su voluntad fruto de que el ladrón introduce un gusano con extrañas propiedades en su cuerpo. Acto seguido, es llevada hacia un lugar, en el campo, en donde un extraño personaje la somete a una transfusión de sangre con un cerdo. Años después, ella conoce a Jeff –interpretado por el mismo director, quien también escribió, musicalizó y produjo la película–, y ambos se sienten atraídos con una intensidad fuera de lo terrenal. No es casualidad. Jeff esconde también, en algún lugar de su memoria perdida, la misma experiencia que atravesó Kris. Ambos encuentran en el otro un rincón en donde se sienten seguros y, a través de su amor, van intentando reconstruir los fragmentos de su vida.

El director estadounidense esperó casi diez años desde su aclamada Primer para aventurarse a contar esta historia. Y la espera parece haber valido la pena. Aunque no es una película fácil de ver, quizás por su ritmo o quizás por sus diálogos anti naturales que, en suma, la convierten en un producto hermético, se trata de una película que propone un recorrido emocional y sensorial. La música está orquestada para agudizar la angustia y la confusión y hacen que el espectador pierda un poco el sentido de la realidad. El color frío de las imágenes, juntado con los silencios, crea espacios para reflexionar. Upstream Color mezcla elementos de ciencia-ficción con melancólico romanticismo en una pieza que funde y confunde tiempos, espacios, texturas y sonidos. Si no fuera tan jeroglífica posiblemente no llegaría a ser tan sugerente.

Una de las escenas mejor logradas es la que se convirtió en el póster de la película. Luego de que Kris sufriera un ataque de pánico, se encierra en el baño junto a Jeff. Se acuestan juntos en la bañera abrazándose, casi fundiendo sus cuerpos. Él la protege de ese enemigo invisible que la agobia. Ella, como una niña chiquita y asustada, se hunde en sus brazos con un alivio desesperado. Es el amor. Uno especialmente raro y conmovedor. Como la forma de narrar esa especie de matrix cotidiana de Shane Carruth que es Upstream Color.