En 2012, el escritor mexicano Mario Bellatin decidió dejar de contar su edad por años y empezarla a contar por libros. Eso dice la carta explicativa de su proyecto ‘Los 100 mil libros de Mario Bellatin’, con el que plantea la publicación de 100 títulos, con un tiraje único de mil ejemplares por cada uno. Tal empresa ha implicado cambios totales, como aquellos que van desde la modificación del propio hogar del escritor —convertido ahora en un espacio para contener los libros—, hasta aquellos centrados en su relación con el mercado editorial.
Pero él parece ser un artista que, en esencia, vive en la propiciación de esos cambios: la continuidad alrededor de algo no es precisamente lo que le interesa.
Nombrado como uno de los autores de culto más importantes de la literatura hispanoamericana actual, Mario Bellatin cuenta con más de tres decenas de obras publicadas, cada una de ellas recibida entre los lectores con una enorme sorpresa.
En 2007, uno de sus libros más conocidos, Salón de Belleza (1994), fue elegido por la crítica internacional como una de las 100 mejores novelas en lengua castellana de los últimos 25 años.
Nacido en 1960, el autor de El Libro Uruguayo de los muertos (2012) vivió parte de su juventud en Lima antes de mudarse a La Habana y regresar a su país natal. Bellatin ha sido merecedor del Premio Mazatlán de Literatura en 2008, y del Premio Xavier Villaurrutia en 2000. Dirigió además la Escuela Dinámica de Escritores, un proyecto que vinculaba a jóvenes con diversas ramas del arte.
Un hecho que resalta cada vez que alguien traza un perfil sobre usted, es la amplia producción, en el sentido de número de libros publicados, que tiene a su haber durante estos años. ¿Ese sería el indicador de que la escritura se multiplica en infinitas inquietudes, o de que se trata de una sola escritura?
Me parece, aunque no puedo estar seguro, que se trata de una misma escritura. Al menos esa es mi aspiración, lograr una escritura propia antes que una buena historia. Ahora bien, el hecho de que se trate de una sola escritura o de varias no creo que incida en la cantidad de cosas escritas. Se trata de una suerte de ritmo natural de las cosas, de mi propio ritmo por supuesto.
Parte importante de esa forma de creación pasa —usted lo ha señalado— tanto por la lectura como por la contemplación de los libros. ¿Contemplarlos es verlos más allá del valor del texto, pensando tal vez, en el valor del rumor que tiene el lenguaje?
Creo que lo más importante en cualquier escritura está en el soplo, en el rumor, en el silencio, en el vacío que esta misma escritura es capaz de producir. Por lo general, lo que está escrito es sabido de alguna manera por todos. Me encantará el día que se establezca de manera formal la tarea del desescribidor. Creo que cuando ‘desescribo’ es cuando me siento realmente escritor.
En esa labor de construcción, su escritura parece atender no solo al sonido que integra la narración de un evento, sino al silencio implícito en este. Como si estuviera buscando el lugar de la hoja en blanco en la que resaltar la nada. ¿Qué hay en el silencio que genera atención de su parte?
Hay muchas clases de silencios y de vacíos. En ambos casos me interesa el que se genera cuando algo ha sido borrado. La huella de la nada presente donde alguna vez hubo algo.
“Escribir en un lenguaje que no existe” es también una forma de revelarse contra el lenguaje que se posee. ¿Hay un sentido de contrapoder ante la grafía y el sonido de la lengua en ejercicios como los de vincular imágenes en sus libros?
Una utopía en la que me gusta y necesito seguir creyendo es la que se genera en la idea de que pueda uno crear un lenguaje propio para expresar precisamente aquello que necesita no-decir para poder seguir viviendo. Nunca lo conseguiré pero, en cambio, uno de los personajes de uno de mis libros escribió un libro largo en un lenguaje que nadie comprende. Se trata de un personaje que contó dentro de la ficción en la que se halla inserto con un interés muy grande, que dura hasta el día de hoy, basado precisamente en la cualidad de aquel libro que no puede ser leído. Un escritor que hace un libro incomprensible es un creador que tiene asegurada la eternidad.
¿En qué medida es posible escribir más allá del límite que implica cada palabra?
He decidido seguir escribiendo utilizando cámaras fotográficas —en la época en que existía la fotografía especialmente—, a personas para que interpreten ciertos roles, reconstrucciones de obras de teatro que nunca existieron, precisamente porque hubo momentos en que no me bastó el tradicional lápiz y papel para contestar las preguntas que la propia escritura estaba planteando.
Intentar que el autor desaparezca, que su impronta no sea mayor a la de la historia misma, implica ponerle mayor atención a las circunstancias. ¿Le interesa más una búsqueda en que la escritura sea una actividad en sí misma antes que un fin en sí mismo?
Me interesa que el texto no necesite de intermediarios —llámese autor, contexto o drama— para ser texto. Que pueda estar presente más allá de sus propias circunstancias —en este caso la figura del autor—. Sin embargo, he constatado que mientras intento hacer posible semejante pretensión, mi figura como que aparece de una forma más definida. Como si ocurriese una suerte de contrasentido. De otra manera no estaría en este momento contestando sus preguntas sino, quizá, hubiese enviado fragmentos de mis ficciones que de alguna manera contestaran por mí. Creo que se presenta semejante situación porque al mismo tiempo que busco la supuesta desaparición del autor pretendo también que la escritura genere nueva escritura. Y si para que se produzca algo semejante se requiere de mi presencia, pues aquí estoy engrosando la retórica con la que se suele hacer engordar a las escrituras.
Hace poco, cuando le nombré lo del silencio, pensé también que quizá se podría hacer una lectura de sus personajes desde esa sustancia: mucha gente los ha visto como personajes de los márgenes, de las fronteras, poniendo énfasis en la forma con que ellos narran sus vivencias. ¿Podrían ser vistos como condensadores del silencio, como una forma distinta de nombrar la falta, la ausencia, la carencia que en ellos encarna?
No distingo, como lo hace un académico o un maestro de escuela primaria, entre personaje, trama, acción. Para mí la escritura es una sola masa informe, compuesta de manera desordenada por estos elementos y muchos más, a los que el autor debe por todos los medios darles una forma, o al menos una especie de razón de ser que la haga comunicable al otro. De esa manera me parece que se evita que la escritura se convierta en un sistema cerrado que termine aniquilándose a ella misma. Como una especie de serpiente que se muerde la cola.
¿Entender a la literatura como un espacio de creación y transmisión de esa creación, implica asumirla como un lugar maleable? ¿Qué ventaja le otorga esta condición a usted como creador?
Creo que la escritura es algo rígido. Al menos la que en cierta medida uno puede considerar como propia, sin embargo debe ser considerada como si poseyera un carácter maleable. Esta operación vendría a formar otra de las trampas con las que debe contar un autor para engatusar a un otro que no es nadie en realidad.
¿Si pulir y trabajar cada uno de los fragmentos de lo que luego serán sus historias es, en esencia, buscar la instantaneidad, tal vez el verdadero material de su búsqueda sea el infinito?
Pues eso de buscar el infinito sería igual a no buscar nada. O a buscar todo para no hallar sino vacío. O darse cuenta de que la escritura forma parte de algo que no es más que lo mismo. En ese sentido me parece sumamente interesante su pregunta porque siguiendo la lógica que planteo daría lo mismo escribir que no escribir, cuando muchas veces lo que busco es escribir sin escribir, que es una obsesión que me persigue desde hace ya un tiempo y todavía no logró descifrar bien. Creo que la trampa está en la pulsión por escribir, que no es manejable y echa a perder todos los planes.
¿Cuál es relación que el escritor debe trazar con su realidad?
Total. Creo que debe estar atento a las pequeñas anomalías diarias y señalarlas. No como falsos expertos en grandes verdades como estamos acostumbrados a entender muchas veces el rol de un escritor. Por más elemental que pueda parecer pienso que un escritor es el que escribe, quien puede dar cuenta de algo palpable.
Un lector —ha propuesto usted— debería ser también un autor enfrentado a la lectura. ¿Esa posibilidad de recrear sobre una historia escrita es un ejercicio de emanciparse de la figura del autor?
No lo sé. No me atrevo a dar pautas sobre qué debe hacer un lector frente a un texto. Precisamente en ese no sé qué va hacer el lector con un texto mío, o en la apariencia de no saberlo es que se encuentra su libertad. A mí me gustaría acompañarlo en el recorrido que pretendo establecer con un libro desde que comienza hasta que termina. Encontrar un cómplice para andar por este camino paralelo que devela nuestro cotidiano. Pero ese es un deseo mío que no puedo imponer a nadie.
No evito, mirando ahora todo lo que le he preguntado antes, pensarle como alguien que ejerce una forma propia de poesía con cada una de sus intervenciones. ¿Hay poesía en su cuerpo, como la hay en su trabajo, como la hay en su cotidianidad?
¿Qué es poesía? ¿Armonía quizá? Es lo que trato de tener en mis libros y en mi vida pero no solo debo enfrentarme a mí mismo en mi afán de hallar algo parecido, sino sobre todo contra los demás. Creo que a veces se me dificulta el encuentro con el otro en la realidad. Vivo entonces como cualquiera puede vivir, sin el diseño que puedo armarle a determinada obra.
‘Los 100 mil libros de Mario Bellatin’ representa una empresa a contracorriente con lo que el territorio editorial parece encarnar hoy. ¿Crear libros sin la marca burguesa que los vuelve artículos suntuosos ahora es una forma de llevar a la lectura a un espacio alejado de la novedad?
No, no lo creo. Siento que es un proyecto que indaga en zonas que la industria editorial deja vacías, a su libre albedrío. La existencia de estos libros me da la idea de que puedo encontrar algunos de estos puntos.
¿Qué le aporta ese proyecto a usted como autor?
Nada. Nada me aporta nada. Y todo, sí ese todo lo entendemos como la posibilidad de escribir solo para seguir escribiendo.
¿Seguir del lado de los libros impresos es seguir del lado de la literatura no masiva?
No me siento de ningún lado, porque si se refiere al libro electrónico no creo que sean antagonistas. Del libro impreso podemos saber más por viejos, en el electrónico todo es una gran sorpresa.