El Telégrafo
Ecuador / Jueves, 28 de Agosto de 2025

La literatura es, sin duda, lo que alimenta nuestro sentido crítico. El contacto con esta no tiene edad de inicio, aunque, indudablemente este es más efectivo en la infancia, gracias a esas primeras impresiones como el sonido de la voz de los padres leyendo a su crío que se agita en un mar amniótico, la primera relación de los colores, de las formas, y luego, cuando la conciencia despierta, las primeras historias que serán imborrables. Cómo no recordar esos cuentos de los hermanos Grimm, Andersen, Perrault; personajes como el lobo feroz azuzando a una Caperucita Roja, la niña que no paraba de bailar subida en sus zapatitos rojos; a un flautista que se lleva a todos los niños de la aldea a un lugar mejor, lejos del mundo mezquino de los adultos. Para empezar a hablar de autores, quizá Hans Christian Andersen sea el escritor maldito de la literatura infantil: solo al pensar en el Soldadito de plomo se nos hace un nudo en la garganta. Esa información primera de la ficción, podríamos decir que sin pretenderlo va fijando ciertos arquetipos, pensemos en el embustero Gato con botas mientras grita: ¡Auxilio, el marqués de Carabas se ahoga!

En la actualidad, la literatura infantil atraviesa uno de sus mejores momentos, la calidad de los textos, las ilustraciones que los acompañan y las mentes infantiles que se entregan al ensueño nos hablan de esos futuros lectores que, cuando llegue el momento sólido del alimento terrible, estarán preparados para una suerte de discernimiento, de esa forma crítica en la que envolvemos nuestros pensamientos.

En Ecuador la literatura infantil está cimentada de tal forma que se habla de un boom, no solamente comercial: la calidad es indiscutible, aparecen nombres como María Fernanda Heredia, Juana Neira, Mónica Varea, Liset Lantigua, Leonor Bravo, María Eugenia Delgado, Edgar Allan García, Edgar Freire Rubio... La lista bien podría cansar los ojos de cualquiera, esto sumado a las campañas de los planes lectores de las editoriales que llevan la posta, Libresa y sus colecciones Garabato, Mitad del mundo, Leo; Santillana; Norma; Zona Acuario. No cabe duda que la literatura infantil ecuatoriana es un referente no solo para la región, sino para el canon.

Sin embargo, existe una pregunta que inquieta a padres y tutores: ¿cómo incentivar el hábito de la lectura? La respuesta es difícil porque es sencilla, paradójicamente: con el ejemplo y también con el estímulo es como se incentiva a leer. Así, leer un cuento a un niño es casi un arte, con la modulación exacta y el uso correcto de las pausas: aquí cabe el reconocimiento a la labor de Leonor Bravo a quien desde estas líneas damos un aplauso por sus talleres de lectura.

Con la curiosidad natural que llevamos en nuestra infancia, un libro es la herramienta que más nos eleva y nos lleva por los aires, por debajo del mar, a través del infinito de un instante. Claro que para este encuentro deben ser los padres y tutores quienes mantengan una afinidad con los libros, de lo contrario la labor sería más solitaria para el despertar de la curiosidad libresca, casi difícil. Existen guías para recorrer este camino, Los mil un libros infantiles de la editorial Grijalbo, La guía de lectura de Hernán Rodríguez Castelo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana (CCE), pero también están las recomendaciones que podemos recibir de libreros, bibliotecarios, en fin, de amigos.

Existen, lamentablemente, algunas restricciones para acceder a los libros. La que más desalienta es sin duda la económica, libros con precios altos, pero existen alternativas, como las bibliotecas, que cuentan con su área infantil —o deberían contar con ella— donde los niños son la prioridad, pues no hay nada más hermoso que ver a un niño leer, subirse en la silla para alcanzar un libro, sentarse en un rincón de la biblioteca y luego sonreír mientras lee El chanchito enamorado o pregunta por libros de terror, el que más me asuste, porque hay niños que no le tienen miedo al miedo, y se topan con El Muerto del candelerazo, entonces resulta que corren del susto a los brazos de papá, algo pálidos. Es increíble cómo los primeros lectores van armando una historia y la van contando y el asombrado no termina de ser uno, el adulto. Pensemos un momento en esos libros que, cuando niños, eran indispensables y los releíamos más veces de las que podemos recordar: Donde viven los monstruos de Maurice Sendak, El principito de Antoine de Saint-Exupéry, El fantasmita de las gafas verdes, de Hernán Rodríguez Castello, ese fantasma que se esconde de la luz debajo de un puente en algún lugar de Alangasí...

Resulta incómodo —ya de regreso al pensamiento de los adultos— saber que en comparación con los habitantes de otros países de la región, no somos un pueblo lector, y el problema radica, primero, en el hogar y, luego, en las aulas: tenemos profesores que no leen y que, sin embargo, imponen lecturas, y al volverse impositivo, el efecto de goce se pierde, el brillo se va y resulta más un castigo que un placer; suele estar mal direccionado el ejercicio de la lectura, a través de órdenes como “el resumen para el viernes”, y así los chicos acuden a las librerías a buscar el resumen del libro —un resumen jamás será lo mismo que la obra completa— y se alejan de la alegría que es disfrutar una novela, un cuento, una poesía, recorrer ese camino despegados del suelo, sin más movimiento que el de los ojos y las manos que van cambiando página tras página.